Australia se está convirtiendo paradójicamente - no ha firmado el Protocolo de Kyoto - en un ejemplo para el resto de países en la lucha contra el efecto invernadero. Sus responsables gubernamentales confirmaban recientemente la retirada en 2012 de todas las bombillas incandescentes de su mercado para sustituirlas por lámparas fluorescentes compactas (CFL).
Este tipo de bombillas, también llamadas de bajo consumo, necesitan un 75% menos de energía para producir la misma luz que las incandescentes, lo que significa un considerable ahorro energético y una importante reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
En la Unión Europea (UE), los planes de reducción de emisiones de GEI cuentan entre sus medidas la implantación progresiva de las bombillas de bajo consumo. A pesar de ello, Greenpeace considera insuficientes los compromisos de las instituciones europeas, por lo que acaban de poner en marcha una “ciberacción” para que sus socios pidan a los representantes del Parlamento Europeo la prohibición de bombillas incandescentes.
Según Greenpeace, la mayoría de las bombillas de los hogares europeos pierden más del 90% de la electricidad en forma de calor. Por ello, añade el colectivo ecologista, si se sustituyeran estas antiguas bombillas, se podrían cerrar 25 centrales de energía de tamaño medio, evitando la emisión de 20 millones de toneladas de CO2.
Por su parte, la Federación Europea que reúne a los fabricantes del sector está impulsando diversas medidas de eficiencia eléctrica de la UE, entre ellas la erradicación de las bombillas de alto consumo.
Las autoridades de la provincia canadiense de Ontario se han comprometido también a promover la compra de modelos fluorescentes CFL. Sus responsables estiman que sustituyendo los 87 millones de bombillas incandescentes de su provincia lograrán reducir el consumo energético de 6 millones de MW/hora al año, el equivalente a la contaminación ocasionada por 250.000 coches.
Vía: Consumer.es