Antiguamente ya se aprovechaba la energía del agua
Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que los pequeños pueblos de montaña aprovechaban la energía del agua de forma sostenible. Desviaban una pequeña cantidad del curso de un río, o de un riachuelo, hacia una acequia. Esa acequia llevaba el agua hacia una construcción, donde se aprovechaba su fuerza.

La primera forma de hacer funcionar la corriente del agua era poniendo en marcha un molino. El agua y sólo ella era la que movía todo el pesado mecanismo de la molienda. En los Pirineos, los vecinos de varios pueblos solían construir un molino común para todos ellos; un único molino para un solo pueblo era demasiado. Y allí llevaban todos el grano a moler.

Pero el agua les ayudaba mucho más. A veces, en los mismos edificios de los molinos o en edificios anexos, se construían aserraderos, que también funcionaban con la fuerza de la corriente. Y allí llevaban las gentes los troncos, que eran transformados en tablas mediante complejos sistemas de engranajes y sierras movidos por el agua.

No se acaba aquí la labor que realizaba el agua. A principios del siglo XX, en muchos de los antiguos molinos se instalaron turbinas, que producían electricidad también con la fuerza de la corriente. Un solo molino abastecía de energía eléctrica a varios pueblos del entorno. Aunque en aquel entonces las necesidades eran mínimas (algunas bombillas para iluminar y poco más), lo cierto es que también las turbinas eran bastante rudimentarias; una turbina más eficiente es capaz de producir más electricidad.

Y todo ello con el caudal de una simple acequia… Sin embalses, sin grandes obras, sin interferir en el camino de los peces que remontan los ríos.

Los viejos molinos han desaparecido; sólo quedan sus ruinas. Algunos han sido reconstruidos para que los turistas puedan verlos. Y yo me pregunto ¿aprenderemos algún día el mensaje que nos han dejado?