Atrapar niebla en el desierto de Chile para producir agua potable y para riego
En el desierto no suele llover. Pero sí se puede producir niebla. Humedad que puede convertirse en agua potable. Carlos Espinosa patentó un invento que lo conseguía en 1962, tras cuatro años de experimentos en el desierto.

Se trata de una estructura tridimensional que se servía, por primera vez, del plástico para captar las gotas de agua suspendidas en el aire, esto es, la niebla. Ahora, en el siglo XXI, estructuras que combinan el aluminio y el plástico con forma piramidal y chimeneas mejoradas, permiten obtener mayor cantidad de agua y resistir el fuerte viento o la radiación solar.

Los atrapanieblas de latón, bronce y mallas raschel (malla de kiwi) se han usado en Alto Patache, a 65 kilómetros al sur de Iquique, y en Morro Moreno, entre Antofagasta y Mejillones. Los nuevos y mejorados atrapanieblas se usan en Los Nidos, a 30 kilómetros al sureste de Antofagasta, en la cordillera de la costa. Es un proyecto de la escuela de arquitectura de la Universidad Católica del Norte apoyado por la Conaf (Corporación Nacional Forestal de Chile).

El proyecto pretende forestar parte del desierto como primer paso. Después, se quiere usar este método de captación de agua para regar cultivos como hortalizas o contar con un suministro permanente de agua potable que permita el asentamiento humano.

El lugar es casi inaccesible, pero también es uno de los mejores sitios para captar camanchacas (un tipo de neblina costera, dinámica y muy copiosa) en Chile, con registros de precipitaciones entre 20 y 70 mm al año. Estudiantes de arquitectura instalaron allí un atrapanieblas gigante, de siete metros de alto y casi veinte metros de largo, con estructuras piramidales. Hace dos meses comenzó a funcionar otro prototipo de seis metros de altura y medio metro de largo, confeccionado de acuerdo a un diseño de Espinosa. Con los primeros, se captaron dos litros de agua por metro cuadrado, y con el segundo, entre 5 y 7 litros. En éste, se usó una malla mosquitero plástica, con un menor tamaño de los orificios.

El equipo ha plantado 16 algarrobos, que deberían alcanzar su madurez en cinco años. Es la especie que mejor se adaptó, junto con la acacia saligna. El problema es que, entre diciembre y febrero, casi no hay camanchaca y los árboles tendrán que soportar estrés hídrico. Pero los investigadores confían en que se puedan promover proyectos de agricultura de subsistencia, como el cultivo de hortalizas en invernaderos cerrados y abastecido con el agua captada gracias a los atrapanieblas.