Cambiar hábitos para conservar la biodiversidad
Madagascar, la isla que se encuentra al este de África, la cuarta mayor isla del mundo, es un tesoro natural. Allí se pueden encontrar selvas, matorrales, brezales, montes y manglares. Siete zonas de la isla se encuentran en la lista Global 200, una lista elaborada por la asociación para la defensa de la naturaleza WWF de regiones prioritarias para la conservación. En Madagascar, discurre el río Nosivolo.

Los habitantes de la zona del río Nosivolo fueron conscientes del tesoro que les rodeaba y decidieron proteger la biodiversidad de sus aguas: el río Nosivolo alberga la mayor concentración de peces de agua dulce de Madagascar. Algunas especies que se encontraban en vías de extinción, y gracias a los propios habitantes de la región, se recuperan debido a la puesta en marcha de estrictas normas adoptadas por las comunidades pesqueras.

El río nace a 1.800 metros sobre el nivel del mar, hasta que se une al Mangoro. En sus 130 kilómetros de recorrido, viven en el Nosivolo diecinueve especies de peces autóctonos, algunas de las cuales no habitan en ningún otro lugar del planeta. Dos organizaciones, Conservation International y Durrell Wildlife Conservation Trust, pusieron en marcha en 2003 un proyecto para conservar la biodiversidad del río. La población de la zona se alimentaba casi exclusivamente de peces. El proyecto consistía en algo tan simple como incorporar a la dieta verduras cultivadas y pollos criados por sus habitantes. Además, se frenó la práctica de cultivar arroz cortando la vegetación y quemándola para preparar los campos.

Los propios habitantes son los que han hecho posible la recuperación de la biodiversidad del río y sus alrededores. Poco a poco, adoptan las nuevas prácticas. El progreso bien entendido (sostenible) es esencial para proteger las especies amenazadas. Lo primero fue proporcionar grifos de agua y escuelas a la gente de la zona. Algunos pescadores se convirtieron en agricultores, pastores, apicultores o artesanos. Menos pescadores, más peces. La ecuación la entendería hasta un niño de tres años.

También se fijaron reglas: se prohibió la pesca en algunas zonas del río y se creó la temporada de pesca. Así, no sólo hay más peces, sino que, además, son más grandes.

Claro que la transformación no se hace de la noche a la mañana. Habitualmente, a las personas no cambian sus costumbres fácilmente, oponen una cierta resistencia. Pero, afortunadamente, se dieron cuenta de que era lo mejor. Ahora, después de más de un lustro, se están viendo los resultados.

Es una lección al resto del mundo: cambiar de hábitos puede salvar el planeta. Pero debemos comenzar ya.