Chernóbil, 30 años: la catástrofe continúa
El desastre de Chernóbil, la central que sufrió el mayor accidente nuclear de la historia, sigue teniendo graves consecuencias. Tres décadas después de la fatídica explosión del reactor número 4 de la planta se liberó a la atmósfera una radiación espantosa que sigue causando estragos en la salud de los habitantes y el entorno.

El tiempo todavía no ha cerrado ni mucho menos curado las heridas. Difícilmente puede hacerlo, cuando la radiación provocó un daño equivalente a 500 bombas de Hirosima. Como decía la canción del mítico Gardel, 30 años “no es nada”, y hoy la mirada del mundo sigue contemplando “errante en las sombras” las secuelas casi eternas de su destrucción.

El horror de Chernóbil

Cuando se produjo el accidente, el 26 de abril de 1986, afectó a un amplio territorio que pertenecía a Ucrania, Bielorrusia y Rusia. En especial, ha causado estragos en un área crítica de Kiev, la conocida como Zona Muerta, situada en un radio de 30 kilómetros con respecto al lugar del accidente.

La mastodóntica central estaba dedicada a un programa estratégico para el ejército soviético y ocurrió debido a la suma de varios factores, entre otros la falta de un sistema de seguridad del reactor y su bajo nivel de automatización. Aquel terrible día había un experimento en marcha para probar la gama inercial de la unidad turbo-generadora. Fue el sobrecalentamiento del combustible lo que causó la destrucción de la superficie del generador.

Chernóbil, 30 años: la catástrofe continúa
Sin embargo, el mundo no supo lo que estaba pasando hasta que un detector sueco detectó una anomalía y …la conmoción no se hizo esperar. Desde entonces, sus víctimas se cuentan por decenas de miles, las consecuencias siguen siendo dramáticas tanto a nivel humano como ambiental, destrozando y costando vidas.

Siempre expectante, como quien se mira en un espejo que le muestra su peor rostro, el mundo sigue con el susto en el cuerpo, pero sin dejar de recurrir a la energía nuclear para generar energía y, sobre todo, mantener la competitividad.

Pero el miedo va en aumento. La lluvia radiactiva a buena parte de Europa fue como para echarse a temblar. A incrementar este temor y un paralelo rechazo a las centrales en todo el mundo contribuyó el accidente en Fukushima tras el tsunami, en 2011, así como la espada de Damocles que siguen siendo. Se temen nuevos accidentes en el momento menos pensado, por ejemplo, en la central de Indian Point, ubicada a solo unas decenas de kilómetros de Nueva York, un área tremendamente poblada.

La radiación persiste

En los últimos años se han realizado menos pruebas de control de la radioactividad y financiado menos estudios a consecuencia de la crisis económica mundial, advierte Greenpeace. Según un reciente estudio de la organización titulado “Cicatrices nucleares: los legados duraderos de Chernóbil y Fukushima”, las pruebas de radiactividad realizadas en la zona demuestran niveles levemente inferiores, pero aún persisten.

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Los bosques son los lugares más afectados, de acuerdo con este trabajo, centrado en medir isótopos clave como el cesio-137 y el estroncio-90. A su vez, la investigación hace hincapié en el drama cotidiano que supone para muchas personas que viven en zonas afectadas.

Su contacto con niveles peligrosamente altos de radiación cuando comen, beben, utilizan leña para calentarse o trabajan, pongamos por caso, marcan la tónica general. Las tres décadas transcurridas no han ayudado a decir adiós al problema.

Es más, el futuro inmediato se adivina negro. Tal y como denuncia el informe, la exposición a la radiación de las personas más expuestas será más dañina cuando Ucrania deje de financiar los programas de protección. Se trata de alto inminente, pues ha anunciado que no tiene fondos suficientes para llevarlos a cabo, un problema que afectará a millones de personas.

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La investigación también señala que en algunos puntos la contaminación es incluso peor. Los niveles de radiación no dejarán de afectar a la población:

Del mismo modo que esta contaminación seguirá con ellos en las próximas décadas, lo harán los impactos que supondrá para su salud. Miles de niños, incluso aquellos nacidos después del 30 aniversario de Chernobyl, habrán de tomar leche contaminada radiactivamente.

La atracción de lo fantasmal

A lo largo de estas décadas ha florecido un tipo de turismo muy curioso. El viaje a Chernóbil, Pripyat y la Zona Muerta tiene tirón. En los viajes programados se incluyen trayectos fantasmagóricos que incluyen paradas a edificios abandonados, y los selfies no faltan, con guías profesionales e intentando que la radiación recibida sea mínima.

Chernóbil, 30 años: la catástrofe continúa
Puede considerarse una frivolidad, y en cierto modo lo es. Pero por otra parte, se conoce de primera mano la magnitud del desastre. Lógicamente, no deja de ser una visita superficial, pero al mismo tiempo puede ayudar a concienciar al respecto.

Una metáfora, una advertencia

Stephen Hawking, la humanidad tiene los días contados. El mundo será inhabitable en menos de 100 años, a consecuencia del impacto de un asteroide o, por ejemplo, una guerra nuclear. Eso sí, lo será para el ser humano, pero la naturaleza podría seguir su curso.

Ya sin nosotros, y precisamente por ello con un punto a su favor para poder superar el desastre ambiental que podamos dejarles en herencia. Algo así parece haber ocurrido en Chernóbil. El ser humano provocó la catástrofe ambiental y la zona afectada se convirtió en un escenario que nos recuerda al fin del mundo, haciéndolo inhabitable. Pero con el paso del tiempo, apenas unas décadas después, la naturaleza muestra signos de recuperación.

Chernóbil, 30 años: la catástrofe continúa
La radiación es dramática, qué duda cabe, y sus secuelas un duro golpe para los ecosistemas, pero que el ser humano haya hecho mutis por el foro ha sido una auténtica bendición. Gracias a ello la Zona Muerta está reviviendo. La naturaleza está recuperando zonas dedicadas a la agricultura y los animales encuentran en ella un santuario. Radioactivo, sí, pero gracias a ello la flora y la fauna se regenera y, cuando parecía que todo estaba perdido, de nuevo ha encontrado un lugar en el mundo. Lejos de la civilización, de los rifles y del rodillo humano. Quizá el futuro del planeta sea imposible sin nuestra extinción.