Científicos eduardianos alucinaron con la depravación sexual de los pingüinos y ocultaron sus hallazgos
Nos pasa con los chimpancés, su imagen de simpaticones e inofensivos es idílica y para nada se corresponde con la realidad, como también ocurre con los pingüinos, que no son pequeñas personitas vestidas de frac, sino sencillamente unas aves con costumbres de aves. Precisamente, fue este marcado antropocentrismo el que provocó que un informe eduardiano sobre los hábitos sexuales de los pingüinos se considerara tan escandaloso que sólo vea la luz ahora, más de un siglo después.

Todo empezó a torcerse en la misma mente del explorador y médico británico George Murray Levick, miembro de la expedición del Capitán Scott a la Antártida en 1913. Allí fue donde se quedó helado, y no sólo de frío. Libreta en mano, tomó notas en griego (algo muy indicativo) de lo que veía sin salir de su asombro: con su lápiz dejó constancia del comportamiento sexual de estos pájaros bobos, que más que bobos a sus ojos eran unos completos perversos sexuales.

La descripción del comportamiento de los animales poco tiene que ver con la conocida sociabilidad del pingüino o con su manera de buscar pareja para procrear, con la cría de polluelos o, pongamos por caso, con el proceso de cortejo. Todo lo contrario, aunque la temática era la sexualidad, la libreta de Levick se llenó de comportamientos que le resultaban absolutamente inesperados e intolerables para unos animales que visten de etiqueta.

Comparado con su relato, el reciente hallazgo de la prostitución de la hembra para conseguir piedras para sus nidos es pecata minuta. Se encontró que los pingüinos de Tierra Adelia utilizaban sistemáticamente la coacción para realizar prácticas sexuales abusivas (violaciones), tenían prácticas homosexuales, intentos de aparearse con sus polluelos, a los que también maltrataban, y hasta con hembras muertas. Un panorama que, tras el escudo protector del griego, detalló sin escatimar detalles y, por supuesto, calificó de “perversión, vandalismo y depravación”.

Una vez de vuelta a casa, Levick intentó publicar su documento, titulado La historia natural de los pingüinos Adelia, en el que presentó un minucioso relato gráfico de la conducta sexual de estos pingüinos, pero el mundo académico de la era post-eduardiana lo halló difícil de publicar. Fue así como el apartado de la conducta sexual quedó excluida y censurada, silenciándose hasta ahora, tras ser descubiertos entre legajos por el encargado de la conservación del Museo de Historia Natural de Londres.

La explicación a la supuesta necrofilia no es otra que una confusión entre las hembras vivas y las muertas del año anterior, no teniendo nada que ver con el concepto humano del término. Igualmente, el resto de los comportamientos han de verse dentro del contexto animal, sin humanizarse. Actualmente, el informe se exhibe en este mismo museo.