Cultivar en el desierto
Cultivar en el desierto podría ser una solución para reducir el impacto del cambio climático y posibilitar el desarrollo de países más desfavorecidos. Sin embargo, más de la mitad de las tierras cultivables del planeta son áridas o viven bajo la amenaza de la sequía. Algunos científicos apuestan por extender la agricultura en el desierto, ya que proporcionaría alimentos a millones de personas que actualmente tienen una mala nutrición y permitiría la recuperación de espacios naturales. Países tan pobres como Somalia, Etiopía, Níger, Egipto, Israel o Chile demuestran que la innovación junto con el uso de técnicas sencillas hace posible el cultivo de diversas especies que pueden generar frutos.

Las ventajas ecológicas y sociales de aprovechar zonas desérticas para un uso agrícola son muchas: los suelos serían más fértiles, lo que reduciría la erosión, se paliarían los efectos del calentamiento global, los habitantes de estas zonas con menos recursos dispondrían de más alimentos y mayores ingresos con lo que podrían mejorar sus condiciones de vida, además se evitaría el éxodo rural a las grandes ciudades. Pero en definitiva, la calve del éxito pasa por extraer el máximo provecho de las zonas áridas o afectadas por la desertificación.

Aunque parezca complicado, el desierto puede ofrecer los recursos necesarios si se siguen unos métodos naturales. De ese modo, los países ricos podrían ayudar a los subdesarrollados enviando semillas (y no alimentos) para que sus habitantes tuvieran sus propios cultivos. Algunas plantaciones pueden crecer en condiciones extremas, como la jojoba, la pythaya, el cactus opuntia o varias especies de flores. El cultivo en invernaderos especiales también proporciona diversos tipos de verduras, hierbas y flores para su exportación. En las zonas de dunas se cultivan cítricos o mango con agua reciclada.