Derechos de autor de las semillas
Hace miles de años, los hombres vivían en tribus que recolectaban frutos, cazaban y pescaban. Se movían de un lado para otro, sin establecer un lugar de residencia fijo. Pero todo cambió con la agricultura y la ganadería. El ser humano descubrió que podía controlar los cultivos de alimentos y criar animales para su alimentación y para la producción de otras necesidades como la elaboración de ropa.

Y, ahora, a comienzos del siglo XXI, en la era de comunicación instantánea y de Internet, aparecen unas personas que pretenden patentar las semillas, permitir registrar algo natural que el planeta ofrece de forma espontánea. Pretender regular el funcionamiento de la Tierra. ¿Nos estamos volviendo locos?

Si se echa un vistazo con más detenimiento sobre el debate que se está produciendo en Chile, enseguida salen a relucir los transgénicos. Las empresas que modifican las semillas genéticamente son las únicas que se pueden beneficiar de una medida así. El resto, agricultores, consumidores y, en definitiva, la tierra cultivable y el medio ambiente saldrán muy perjudicados. Hasta me atrevería a afirmar que la libertad de las personas en la elección de su comida se verá reducida.

De momento, se ha aprobado por parte del Senado chileno el Convenio de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (Upov 91), que establece el registro de semillas que no hayan sido registradas previamente.

¿Qué consecuencias puede traer este convenio? En primer lugar, los agricultores pierden el derecho a guardar las semillas de sus cultivos, como se ha hecho durante siglos. Por tanto, de ello se deduce que estarán obligados a comprar esas semillas a las multinacionales que tengan los derechos de propiedad. Además, se está dentando una peligrosa base para que los cultivos transgénicos se distribuyan más que nunca. Los campesinos pobres serán los primeros perjudicados. Pero, a la postre, todos los consumidores también lo seremos tarde o temprano.

La UPOV es una organización fundada por multinacionales como Monsanto (que controla el 90% del comercio de los transgénicos) y empresas de químicos como Bayer y Syngenta.