Por qué desconfiar de los cosméticos “sin parabenos”
La industria cosmética ha aprendido bien la lección. Basada en la composición química desde sus mismos orígenes, lo tiene difícil frente a la actual tendencia que prima lo ecológico. Sin embargo, utiliza todo tipo de armas para ofrecer una imagen lo más natural posible, libre de riesgos.

Y lo cierto es que no le va nada mal. Su estrategia está ayudando a que los denostados componentes químicos pasen lo más desapercibidos posible. Expresiones como “testado dermatológicamente”, “con esencias naturales”, “natural”, “con extractos naturales”, “no testado en animales”, “sin parabenos”, “sin amoniaco” o “sin detergentes” son expresiones engañosas que muy a menudo generan confianza en el consumidor no informado.

Vaya por delante que de poco nos sirve confiar si en realidad esas expresiones son solo una parte de la verdad. O, lo que es lo mismo, una verdad a medias. Y es que los consumidores mal informados, es decir, la mayoría, no acabamos de ser conscientes de la importancia de estar al tanto de cuáles son los químicos perjudiciales para la salud.

Por qué desconfiar de los cosméticos “sin parabenos”

“Sin parabenos” no significa “sin peligro”

No saber identificar aquellos componentes considerados de riesgo (tóxicos, cancerígenos, irritantes, disruptores endocrinos, etc.) por alertas de grupos activistas o por los resultados de diferentes estudios impide ser conscientes de lo que se compra.

La progresiva desaparición de los parabenos provoca una gran confusión al respecto. Si por un lado es perfecto que vaya prescindiéndose de ellos, por otro dan ganas de decir aquello de “Houston, we have a problem”. La razón es sencilla: se eliminan los parabenos pero, ¡oh, sorpresa!, se sustituyen por otros componentes que no son inocuos, precisamente.

La fea estrategia de buscar sustitutos

Libres de parabenos, todo un logro, pero paradójicamente la situación que tenemos no es mejor, al menos en la gran mayoría de los casos. La triste realidad se impone y lo cierto es que nos encontramos con sustitutos que hacen una función similar (evitan el desarrollo de mohos y bacterias) y, a su vez, también tienen efectos secundarios indeseables.

Por qué desconfiar de los cosméticos “sin parabenos”
Por lo tanto, excepto los cosméticos bio (que, por otra parte, no suelen gritar a los cuatro vientos estar libres de químicos, pues al ser bio esto se presupone) si la etiqueta de un cosmético nos anuncia bien visible la ausencia de parabenos, empecemos a sospechar, pues un producto “sans paraben” normalemente esconde otros conservantes sintéticos tan nefastos como aquellos.

Se aprovecha el desconocimiento que todavía existe sobre ellos para el gran público, la ventaja que supone que aún no tengan mala prensa para usarlos como sustitutos, con lo que el anuncio de no contener parabenos es ambiguo y lleva fácilmente a engaño.

Cuidado con el méthylisothiazolinone y el phénoxyéthanol

La reacción de los consumidores es aquí clave. En primer lugar, como recomendación general es esencial comprobar la lista de los componentes de los productos cosméticos. Al principio será como leer chino, pero poco a poco nos familiarizaremos con ellos y aprenderemos a identificar aquellos que están en las “listas negras”.

En cuanto veamos que un producto es “sin parabenos” o “sin” cualquier otro componente, estemos atentos y busquemos dos palabras: el méthylisothiazolinone y el phénoxyéthanol, pues ambos suelen ser reemplazados de forma sistemática por los parabenos.

Por qué desconfiar de los cosméticos “sin parabenos”
La campaña mediática llevada a cabo por asociaciones de consumidores y otros grupos activistas contra la presencia de parabenos en los cosméticos ha surtido su efecto, pero la reacción de la industria no ha sido virar hacia la cosmética ecológica.

Como era de esperar, simplemente responden a las nuevas demandas sin ofrecer una solución segura. Simplemente, ofrecen otra formulación, la necesaria para poder publicitar en letras grandes que se trata de un producto “sin parabenos”. Se trata, en suma, de una reacción irresponsable, que sigue primando el negocio por encima de la salud pública. De la tuya y de la mía. Por suerte, el consumidor siempre tiene la última palabra, tanto a la hora de comprar como de votar.