Edificios vivos, más allá de la certificación LEED
Existe un nuevo movimiento arquitectónico denominado Living Building Challenge (LBC), creado por Jason McLennan, que aspira a impulsar las construcciones vivas. Para ello, certifica a edificios de todo el mundo si se construyen con criterios ecológicos. Desde 2009, se han reconocido seis de estas casas vivas, pero sólo tres de ellos cumplen con todas las exigencias de la iniciativa y pueden ser llamados “vivos”.

Para Jason McLennan, la arquitectura es poesía y funcionalidad. Su objetivo es que las estructuras cumplan una función, pero, también, que susciten la admiración y el asombro. Similar a lo que ocurre cuando se contempla un hermoso paisaje. Es el “reto de los edificios vivos”.

El Centro Omega para la Vida Sostenible, en Rhinebeck, en la vera del río Hudson (en la imagen), cerca de Nueva York es uno de estos edificios. Es una planta de tratamiento de aguas residuales. Dentro, un enorme invernadero y una espaciosa aula donde casi parece que se encuentra uno al aire libre.

El edificio te invita a respirar, según McLennan. En su construcción no se han usado productos tóxicos. Se han utilizado madera reciclada, cristal y cemento. Dentro hay vida: el agua fluye y se oyen sonidos naturales.

Tres edificios han logrado la calificación de “vivos”, pero hay otros noventa que esperan el análisis. Si se cumplen, al menos, la mitad de los siete requisitos (que son llamados “pétalos”), lo conseguirán: eficiencia, luz natural, ventilación, energía limpia (solar y geotérmica, en el caso del edificio mencionado), captación y reaprovechamiento del agua de lluvia, uso de materiales no tóxicos, locales o reciclados, y el emplazamiento.

Para McLennan, la arquitectura ha estado durante décadas totalmente separada de la naturaleza. Asegura que su certificación no quiere competir con la más famosa LEED, sino impulsar un nuevo ideal más allá de la arquitectura llamada “verde”.

Por ejemplo, un edificio “vivo” debe estar construido sobre suelo urbanizado previamente: hay demasiada superficie urbanizada en el planeta y no se pueden robar más hectáreas a la naturaleza.

Un edificio “vivo”, además, es un edificio local desde el momento de su construcción: la adquisición de materiales debe realizarse en un radio de 350 kilómetros a la redonda. También se exige autosuficiencia energética, captación y autoconsumo de agua de lluvia y tratamiento de las aguas residuales.

En el caso del Centro Omega para la Vida Sostenible, en su interior, hay un complejo ecosistema que incluye plantas tropicales, algas, bacterias, caracoles y hongos, capaz de reciclar los 20 millones de litros de aguas grises y negras generadas cada año por el Omega Center. El agua sale tan limpia que se podría beber. Pero se completa el círculo natural y se devuelve a los acuíferos de donde proviene.