El agua es esencial para la seguridad alimentaria
El agua es esencial para la vida. En cualquier parte del mundo. Algunas regiones tienen la fortuna de contar con abundantes (o, al menos, suficientes) precipitaciones que ayudan a desarrollar cultivos de todo tipo. Pero, en las regiones secas, áridas, no se puede depender de la naturaleza y el ser humano tiene que regar artificialmente los campos si quiere producir alimentos.

La producción de alimentos en tierras de secano es más vulnerable a las variaciones de las condiciones ambientales y al cambio climático. Un ejemplo de ello lo encontramos en la región de África oriental, donde, en la actualidad, sus habitantes están sufriendo una grave sequía que pone en peligro la seguridad alimentaria de toda la zona. El desafío es encontrar suministros estables de agua tanto para los cultivos como la cría de animales.

En regiones como la citada más arriba, si es posible, se invierte en sistemas de regadío, pero no siempre es fácil debido a la falta de recursos económicos. Así, hay que recurrir a otros métodos, como la mejora en la eficiencia del uso agrícola del agua o la adopción de prácticas de cultivo que hagan un uso inteligente de la misma.

En general, se pueden distinguir dos tipos de agricultura, la de secano, que depende de la lluvia de forma natural (y, si no llueve lo suficiente, puede incluso que no se produzcan alimentos) y la de regadío. Esta última es más segura, pero concentra insumos y fuerza cambios en la tierra, en la comercialización y, en definitiva, en la economía y la sociedad de una región. Quien tenga el agua tiene el poder.

Lo que estamos viendo en la región del Cuerno de África es que la agricultura de secano es más vulnerable, sobre todo en un escenario donde el cambio climático se recrudece. Es una agricultura menos productiva y los efectos del cambio climático se dejan notar.

Más cultivos por gota de agua

Las tierras de regadío han aumentado proporcionalmente mucho más rápido que las de secano. Mientras que la superficie cultivada en el mundo sólo ha crecido un 12% durante los últimos cincuenta años, la superficie de regadío se ha duplicado durante ese mismo período. En total, la producción agrícola se ha multiplicado entre 2,5 y 3 veces, gracias al aumento significativo en el rendimiento de los principales cultivos.

Sin embargo, estamos llegando al límite de un recurso tan esencial como es el agua. En todo el mundo, unos 300 millones de hectáreas de tierras agrícolas son de regadío, lo que supone el 70% del consumo total de agua dulce. Pero también hay que señalar que estas tierras de regadío generan el 40% de la producción agrícola y el 60% de la producción de cereales.

Cada vez hay más regiones que se enfrentan a la escasez de agua y al riesgo de un deterioro progresivo de su capacidad productiva debido a la presión demográfica y a prácticas agrícolas insostenibles. Hay que encontrar un equilibrio si no se quiere llegar a una situación insostenible. Y, para ello, es necesario cambiar la forma de cultivar y de utilizar el agua.

La era de los grandes embalses tiene que acabar. A partir de ahora será necesario construir otros sistemas de almacenamiento de agua más difusos y distribuidos, de menor capacidad, pero en más lugares. También es importante desarrollar el uso combinado de aguas subterráneas y superficiales. Por último, en las zonas cercanas a las ciudades, hay que tratar de regar los cultivos con aguas residuales tratadas convenientemente.

En los sistemas de regadío, se buscará una mayor eficiencia, con sistemas más flexibles y modernizados, con riego localizado, aumentando la productividad y reduciendo los usos no beneficiosos del agua. Menos agua, pero más productividad. Más cultivos por cada gota de agua.