El día después del incendio de Chulilla: un pueblo conmocionado y rodeado de paisajes fantasmagóricos
Afortunadamente, acaba de anunciarse el control del incendio forestal de Chulilla, que terminó afectando a varios municipios, dejando un total de 5.500 hectáreas arrasadas. Han sido necesarios cuatro eternos días para darlo por apagado. Extinguido el fuego, llega el día después, el momento en el que los casi dos mil evacuados vuelven a casa y se encuentran con un paisaje fantasmal, es decir, con la nada.

En Chulilla, el virulento fuego no ha dejado títere con cabeza en las colinas que rodean al pueblo, y se ha detenido a cien metros escasos de algunas viviendas. Donde hubo extensos pinares de un verde reventón, el hogar de conejos, ardillas, libélulas, grillos, pájaros y demás fauna, ahora sólo quedan cenizas y troncos espectrales completamente calcinados.

Sin duda, el municipio perderá en lo turístico, pero hay algo más importante que la práctica ocasional del senderismo, la escalada, los alojamientos en hoteles rurales o en el balneario. La riqueza de estos ecosistemas, su palpitar y su conservación, importan a quienes los sienten de veras: a los viajeros que alzan el botijo para beber agua fresca a la sombra de un árbol centenario o que disfrutan observando a una ardilla saltarina… Y, especialmente, a sus lugareños, en su mayoría ancianos que saben que, al contrario de lo que ocurrió con el luctuoso incendio del año 94, ya nunca volverán a ver una Chulilla verde.

El día después del incendio de Chulilla: un pueblo conmocionado y rodeado de paisajes fantasmagóricos
Aunque la bonita estampa del casco urbano ha quedado intacta, perfecta para las fotografías turísticas o las postales, y el balneario abrirá mañana mismo sus puertas, la naturaleza circundante ha quedado convertida en la viva imagen de la desolación más absoluta.

Su terrible aspecto provoca una tristeza infinita y, curiosamente, el único atisbo de vida son algunas hormigas, cuyos hormigueros hicieron de refugio eficaz contra el fuego. Auténticas supervivientes, muchas de ellas salvaron sus vidas, pero ahora deambulan errantes, enloquecidas, náufragas en un océano de cenizas.

Un silencio escalofriante

El escalofriante silencio que reina tras el paso del fuego sólo queda roto por el crepitar del fuego que todavía arde dentro de los troncos, devorando las raíces de los árboles y convirtiendo el suelo en una especie de crematorios subterráneos de los que emanan serpenteantes hilos de humo.

El día después del incendio de Chulilla: un pueblo conmocionado y rodeado de paisajes fantasmagóricos
El poder destructor del fuego sigue haciendo mella, se resiste a irse, incluso cuando los bomberos ya han abandonado el lugar, y va tumbando árboles ya muertos, calcinados. Quema sus raíces, sus bases interiormente, hasta desplomarlos, provocando un sonido sordo, dejándolos vencidos y rodeados de una fantasmal nube de cenizas que se levanta con su caída.

No hay ni rastro de pájaros, que pasan de largo en bandadas, volando en lo más alto, como puntos negros que se alejan a gran velocidad, sin siquiera atreverse a piar. Ni rastro tampoco de las ingrávidas libélulas, siempre bellas, inquietas, yendo de aquí para allá hasta perderse en un horizonte azul y verde… Sólo tonos grises y negros envueltos en el silencio, un silencio grave, que habla de todo lo que no hay ni habrá en muchos, en demasiados años.

El día después del incendio de Chulilla: un pueblo conmocionado y rodeado de paisajes fantasmagóricos
A partir de ahora, habrá un sinfín de días después en Chulilla, porque el paisaje quemado acostumbra a llevar luto largo tiempo. Los paisajes calcinados que rodean el pueblo asustan, invitan a salir corriendo, cuando hace cuatro días esos mismos escenarios eran el atrezzo perfecto para las típicas fotos que se toman como recuerdo de un bonito día en el campo. Aunque, de nuevo, más allá de la promoción turística del pueblo, de cualquier lugar, está el respeto a la naturaleza como ecosistema con vida propia, que lo merece por sí mismo.

Los incendios se apagan con prevención

¿Pero, qué significa respeto? Sobre todo, significa valoración, cuidado y prevención, una asignatura que todavía tenemos pendiente con los montes de toda la autonomía valenciana, considerados entre los más vulnerables de todo el mundo a acabar siendo pasto de las llamas. De hecho, este mismo verano varios expertos definieron el mediterráneo español como una bomba de relojería en materia de declaración de incendios forestales.

Sólo una gestión adecuada de la biomasa (limpieza de los montes para fabricar electricidad mediante energías renovables), limpiar el monte de matorrales y más recursos para la extinción de incendios (rapidez de actuación -tardaron dos horas en llegar los bomberos- y medios) pueden hacer la diferencia, evitar que un incendio se descontrole de un modo tercermundista. Porque, y eso es algo evidente, los incendios se apagan evitando que prenda la primera chispa.