En el futuro todos comeremos insectos
Vicent M. Holt fue un entomólogo que, en 1885, escribió una obra titulada ¿Por qué no comer insectos?. Su propósito, en aquella época, era, más que nada, derribar prejuicios. En algunas culturas se comen insectos como algo habitual (tampoco el marisco, bocados exquisitos en algunos países, es muy diferente, en realidad). Pero, en la actualidad, serviría para mucho más que para quitarnos prejuicios de la cabeza. Serviría para alimentar a la gente. Así lo cree la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Nos acercamos a los 7.000 millones de personas en este mundo y la previsión es que la población mundial siga aumentando. La seguridad alimentaria en algunas regiones no se puede asegurar. Está el problema del hambre. Pero también es un problema medioambiental: no hay suficientes recursos para producir alimentos para todos. Sobre todo, proteínas. El ganado consume demasiado pienso y el sistema no es sostenible. La sobrepesca está acabando con los peces en el mar. Hay que buscar otras fuentes de proteínas y la solución puede estar en los insectos.

La ONU está estudiando cómo criar insectos para ayudar a cubrir la necesidad mundial de alimentos. El consumo de estos crujientes bocados es una posibilidad muy real.

Depender de criar ganado ya no es rentable. Así que el cultivo de insectos puede ser una solución práctica y viable. En realidad, producen mucha más carne por kilogramo de pienso que los animales de granja más habituales, pues hay más parte de su masa corporal que es comestible. Se aprovecha más alimento, dicho de otra forma.

Además, los insectos no producen gases de efecto invernadero como sí hace el ganado y contienen minerales, vitaminas y proteínas. Cuatro langostas de tierra proporcionan más calcio que un vaso de leche, mientras que los gusanos de Mopani ofrecen más proteína por gramo que la carne de vaca.

Los insectos ya se comen al algunas partes del mundo, como en México o China. Y sus habitantes no tienen ningún problema en comérselos. Es un tema curtural. Sólo hay que cambiar la costumbre. Los turistas maś atrevidos también prueban la comida tradicional. Ahora se trata de normalizarlo.