¿La carne roja tiene los días contados?
El consumo de carne, en especial de la carne roja, podría tener los días contados. A las amenazas ambientales que supone su huella de carbono y el despilfarro de recursos hídricos se suman recientes advertencias sobre el riesgo de su consumo para la salud.

En los últimos meses se han producido noticias inquietantes al respecto. En octubre del 2015 supimos de la inclusión de la carne procesada en la lista de la OMS de sustancias cancerígenas y de la consideración de la carne roja como “probablemente carcinógena”, además de relacionarlas con un aumento en el riesgo de cáncer de colon, próstata y páncreas.

Esta misma semana investigadores escoceses concluyeron que comer más carne roja de la recomendada y pocos vegetales puede envejecer prematuramente y provocar serios problemas de salud. Entre otros, disfunciones renales y problemas cardiovasculares.

A nivel ambiental, el mundo firmó un acuerdo histórico en la lucha contra el calentamiento global. El conocido como Acuerdo de París no solo releva al Protocolo de Kioto, sino que se propone hacer realidad el compromiso global alcanzado para reducir las emisiones de efecto invernadero en tiempo récord.

¿La carne roja tiene los días contados?
Su objetivo, no superar el famoso límite de los 2 grados centígrados a mitad de siglo. Un enorme desafío que requerirá tomar medidas drásticas que podrían afectar al consumo de carne.

Recientemente, además, un documento filtrado por WikiLeaks asegura que el agua potable podría acabarse en 2050 si no se reduce el consumo de carne roja de forma definitiva. Sus pronósticos no son nuevos, sin embargo.

El agua potable peligra

Si todo el mundo basara su dieta en la carne, como lo hace la cultura occidental, el planeta no tendría agua desde hace tres lustros. Son datos revelados gracias a una filtración de Wikileaks de un informe secreto llevado a cabo en 2009 por Nestlé.

Según afirman, sus ejecutivos avisaron a autoridades de Estados Unidos de que el planeta está al borde del abismo por falta de agua. Una situación, a juicio de la mayor empresa de alimentación del mundo, provocada a consecuencia un excesivo consumo de carne en los países occidentales.

Al margen de hipótesis, consumir menos carne significaría reducir el consumo mundial de agua. Según un estudio de la Universidad de Aalto (Finlandia) una de las medidas que deberíamos garantizar para asegurar tanto los recursos hídricos como la seguridad alimentaria pasa por el cambio de dieta.

Lo aconsejan otros muchos expertos, incluyendo a la OMS. Hay consenso en aconsejar comer menos carne por obvias razones ambientales, ya que su producción requiere más agua incluso que la agricultura destinada directamente al consumo humano.

En los próximos años el acceso a este recurso básico será cada vez más complicado. La ONU pronostica que si seguimos con los mismos patrones de uso en 2030 únicamente habrá el 60 por ciento del agua demandada.

¿La carne roja tiene los días contados?
O, siendo más apocalípticos, el agua potable podría acabarse en 2050, apunta Wikileaks citando el supuesto documento de Nestlé. Sea como fuere, los expertos no se cansan de advertirnos que nos esperan conflictos por el agua a consecuencia del calentamiento global y el crecimiento demográfico. Ambos, a su vez, problemas que también requieren de una menor producción de carne.

Para hacernos una idea, un bistec de 200 gramos supone el mismo consumo de agua que si nos duchamos 5 minutos diarios durante todo un año. Es decir, resulta vital reducir el consumo de carne. O puede que acabe siendo necesario dejar de comerla.

Una profunda huella de carbono

La industria cárnica también multiplica la emisiones de dióxido de carbono, en especial en lo relativo a vacuno, cerdos, ovejas, y caballos. Frente a las casi dos mil millones de toneladas atribuidas al sector vacuno (sobre todo a consecuencia del metano), las aves solo emiten 61 mil millones de toneladas.

En un intento de reducir esta tremenda huella de carbono, Dinamarca está valorando la posibilidad de instaurar un impuesto a la carne de buey para luchar contra el cambio climático.

¿La carne roja nos está matando?

Si reducir el consumo de carne roja ayudaría a mejorar el medio ambiente disminuyendo emisiones y preservando los recursos hídricos, también comportaría grandes beneficios para la salud.

Si la OMS ya nos advirtió sobre el potencial cancerígeno de la carne, también lo hizo de forma específica sobre la procesada, considerada como “carcinógena para humanos”, endilgando a la carne roja la alarmante etiqueta de “probablemente cancerígena”. En particular, su inclusión en el grupo 2A significa que pese a no ser una evidencia concluyente, sí existe una relación bastante fuerte.

¿La carne roja tiene los días contados?
Ahora, un nuevo estudio asocia los altos niveles de fosfato en la sangre que provoca el consumo de carne roja un mayor riesgo de muerte. Investigadores de la Universidad de Glasgow, en Escocia, hallaron que un aumento moderado en los niveles de fosfato en la sangre, en combinación con una dieta pobre en fibra y vegetales disparan el envejecimiento biológico.

Si sumamos el doble objetivo de salvar vidas y también el planeta, por lo tanto, la carne roja podría tener los días contados. Su desaparición evitaría la crueldad de granjas y mataderos, al tiempo que salvaríamos el planeta salvándonos.

Las posibles alternativas

Reducir su consumo, sobre todo en el mundo occidental, donde las cifras son excesivas, podría mejorar tanto el medio ambiente como nuestra salud. Y, cómo no, el veganismo también podría ser una solución, y supondría decir adiós a la carne. De forma estricta, también a otros alimentos de origen animal.

O quizá no. Del mismo modo que la ciencia se pronuncia sobre los riesgos de la carne roja, también lo hace acerca de la opción vegetariana. De acuerdo con un reciente estudio de la Universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos, no comer carne animal podría derivar en una inflamación crónica de nuestro organismo, antesala de patologías crónicas como los cánceres y problemas cardíacos.

¿La carne roja tiene los días contados?
El trabajo hace hincapié sobre la importancia de la genética a la hora de asimilar las dietas verdes de manera más o menos eficiente. Solo la considera viable en el futuro bajo la lupa de una “nutrición personalizada” que resolviera carencias, en especial las relacionadas con los ácidos grasos omega 3 y 6.

Más allá de los bistecs de soja y de otros vegetales ricos en proteína, este posible control nutricional también daría un fuerte impulso a las carnes artificiales. Las hay a imagen y semejanza de carne de pollo o carne roja y su potencial cancerígeno es bajo, así como la aceleración del envejecimiento biológico.

Puesto que está compuesta por vegetales, seguiría las recomendaciones médicas que aconsejan limitar el consumo de productos de origen animal en beneficio de los vegetales. Su enriquecimiento con ácidos grasos, además, ayudaría a que la dieta vegana resultase más saludable, de acuerdo con el anterior estudio.

Los insectos son otra alternativa para dejar de comer carne sin renunciar a la ingestión de proteína animal. Incluso podría ser un sustituto de la carne roja, y combinarse con el consumo de carne blanca, huevos y pescado, pongamos por caso. Sobre todo, en su versión de carne picada.

¿La carne roja tiene los días contados?
Actualmente, unas 2.000 millones de personas los comen de forma habitual, sobre todo en países asiáticos y africanos. ¿Y el resto, lograríamos superar la repulsión? Un número creciente de expertos vaticinan que la población occidental tendrá que hacerse a la idea e introducir los insectos en sus dietas. Estiman que superar su rechazo será necesario para poder afrontar los desafíos ambientales que conlleva el cambio climático y la superpoblación mundial.

En un informe presentado por la ONU en 2014, la cría de insectos es ventajosa a nivel ambiental y nutricional por diferentes razones. Ello no significa, lógicamente, que en términos de aceleración del envejecimiento en el futuro puedan hacerse investigaciones que aconsejen no comerlos.

Por lo pronto, pese a las dificultades que suponen las barreras culturales, se trata de un negocio que no cesa de crecer. En Europa, por ejemplo, países como Holanda, Bélgica o Suiza buscan un cambio de normativa que permita comercializarlos como cualquier otro alimento.

También es cierto que los cambios requieren modificaciones complejas a nivel normativo y tecnológico, al tiempo que las voces crítica advierten que plantear su producción como sustitución de la carne saldría caro. Según un estudio de la Universidad de California, lograrlo requiere una calidad nutricional que solo es posible aumentando los costos en la alimentación de los animales. ¿Entonces, la carne roja tiene los días contados? Hoy por hoy, lo único seguro es que, de comerla, mejor hacerlo días contados.