La contaminación por tráfico: culpa de gobernantes y ciudadanos
Cada ciudad toma sus propias medidas para reducir el tráfico con el objetivo de disminuir la contaminación. Berlín, Londres, París, la ciudad de México, con mayor o menor éxito, intentan reducir la cantidad de coches que circulan por las calles y avenidas del centro.

En Londres, desde 2003, es obligatorio pagar una tasa de diez libras. Se consiguió una reducción considerable del tráfico en el centro de la ciudad. De hasta el 15%. Sin embargo, con el tiempo, paulatinamente, ha vuelto a aumentar hasta los mismo niveles de antaño. Los conductores han decidido que les sale a cuenta pagar la tasa. Lo que demuestra que obligar a pagar una tasa a la gente no es una medida eficiente si no va acompañada de otras, en especial, el desarrollo de un transporte público rápido, eficiente, puntual, barato y que no esté saturado. La gente es muy cómoda y no va a cambiar lo de ir en su coche, sin depender de los horarios del metro, el cercanías o el autobús, mientras escucha su emisora favorita o el último disco que se ha comprado.

A los alcaldes no les gusta disgustar a sus votantes y reducir el tráfico necesita de medidas impopulares. Permanecer en el cargo es muchísimo más importante que la salud de los ciudadanos y que la mejora del aire de la ciudad. Si se enferman de las vías respiratorias, ya irán al médico. O al hospital. Con tal de que estén lo suficientemente sanos el día de las elecciones… En todo caso, el alcalde de Londres aún no ha tirado la toalla respecto al peliagudo asunto de la contaminación: ha prometido que todos los autobuses serán híbridos, además de aumentar la flota. También quiere potenciar la compra de coches eléctricos. Su objetivo: cien mil de estos coches en un par de años. Ambicioso objetivo, por lo demás.

También en Roma, una ciudad con una de las tasas más altas de coches por habitantes, se ha cerrado el tráfico al centro de la ciudad. Por su parte, París, Madrid y Barcelona se parecen en algo: gran parte de la culpa de su denso tráfico la tienen los habitantes del extrarradio, que acceden a la ciudad en sus coches y, muchos de ellos, sin compartirlo. Un conductor, un coche. Las carreteras de entrada a la ciudad sufren atascos todos los días en las horas punta. Y es precisamente en los atascos cuando más se contamina. En París, se va a prohibir entrar a determinadas zonas a los vehículos más contaminantes, los diésel y los potentes todoterrenos. (A propósito, ¿por qué algunas mujeres usan un enorme todoterreno para circular por la ciudad?)

En Berlín, responsables políticos y ciudadanos se tomaron muy en serio el tema. Claro que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), unos 75.000 alemanes morían por respirar partículas presentes en la contaminación por tráfico. Se consiguió una reducción de unos cien mil coches en el centro de Berlín. Además, el Gobierno alemán está apoyando la compra de vehículos híbridos y eléctricos. Otra medida es que los coches que deseen entrar en Berlín deben llevar pegada una pegatina que indique cuánto contamina. El color de la pegatina indica el nivel de emisiones del coche.

En Atenas, donde viven el 30% de los habitantes de Grecia, una ciudad rodeada de colinas, la contaminación no es algo nuevo. Desde los años setenta sufren graves problemas por la partículas que provienen de los tubos de escape. Desde los años ochenta del siglo pasado, a ciertas horas, en la capital griega sólo pueden circular los coches con matrículas pares los días pares y, los de matrículas impares, los días impares. Además, desde los noventa, se revisa exhaustivamente las emisiones de los coches y se impide circular a los que contaminan en exceso.

México D. F. es caso aparte. Una ciudad de casi 20 millones de personas y situada en un valle se convierte en una pesadilla para cualquier gestor de la movilidad. Con todo, se han conseguido mejoras. En 1992, sólo había ocho días al año en que se respiraba aire medianamente saludable. Ahora son más de doscientos días. Pero, aun con este gran esfuerzo, la contaminación de la capital de México es un grave problema para la ONU, que la cataloga como una de las ciudades más contaminadas del mundo.

Los alcaldes y responsables de las políticas de movilidad de las grandes ciudades tienen la mayor parte de responsabilidad en este grave problema, pero también los ciudadanos que no son capaces de dejar aparcado el coche tienen parte de culpa. Y no nos engañemos, no se comporta con la misma responsabilidad cívica un ciudadano de Berlín que uno de Madrid o del Distrito Federal.