La expansión incontrolable de una plaga
Primera fase de una plaga: llega y no tiene depredadores naturales, por lo que es muy difícil de controlar. Segunda fase: se expande rápidamente. Tercera fase: sobrepasa alguna barrera geográfica y comienza a expandirse en otra zona. El mejillón cebra comenzó a ser una plaga en una zona del Ebro. Después, se propagó por el río, cauce arriba y cauce abajo. Y, ahora, ha sobrepasado la cuenca del río Ebro: se ha detectado, por primera vez, en las cuencas internas de Cataluña, en el embalse de La Baells (Barcelona).

El mencionado pantano es parte del curso del río Llobregat y tiene una capacidad máxima de 109 hectómetros cúbicos. La Agencia Catalana del Agua (ACA) ha informado que la especie invasora ha sido detectada en La Baells. De momento, el resto de pantanos de las cuencas internas de Catalunya están libres del mejillón cebra. Pero sabiendo lo ocurrido en el Ebro, la situación puede desembocar en un desastre medioambiental.

La presencia de esta especie invasora no supone la alteración de la calidad del agua, pero sí afecta a infraestructuras sumergidas de captación, canalización y almacenamiento de agua, así como a los mecanismos, rejas y filtros que pueden quedar obstruidos debido a la alta capacidad reproductora que hace que la especie prolifere en poco tiempo. Por tanto, varios sectores se pueden ver afectados por la plaga: el sector energético (en la producción hidroeléctrica), el turístico y el de abastecimiento de agua potable y de riego, que podría ver aumentado el coste de su actividad.

Pero quizá lo más dañino sea el perjuicio ecológico, pues los ecosistemas sufrirán la ocupación física y la alta capacidad filtradora del mejillón. La propia ACA ha reconocido que, una vez detectado, la erradicación total del molusco es casi imposible. El mejillón cebra ha llegado para quedarse en el Llobregat.

Lo que sí se ha hecho inmediatamente es aplicar medidas para evitar la propagación a otros ríos. El mejillón cebra se detectó por primera vez en 2001 en el curso bajo del río Ebro. Después, la plaga afectó a sus afluentes, como el río Segre. Las pérdidas económicas, según el Gobierno de Aragón, alcanzan los 25 millones de euros. Al ser un gran filtrador, acumula contaminación y, por tanto, no es comestible.