La guerra entre buitres y ganaderos
En España vive el 95% de la población europea de aves carroñeras, esto es, buitres leonados, buitres negros, alimoches y quebrantahuesos. En concreto, la población de buitre leonado, las más abundante de todas, se calcula en unas 26 000 parejas. Es un valor natural que hay que conservar.

Sin embargo, en los últimos tiempos, se está produciendo una guerra entre buitres y ganaderos. Éstos se quejan de que, aun siendo carroñeros, en ocasiones atacan y matan a los animales más pequeños e indefensos, en especial, las crías recién nacidas. Si ocurre esto, el ganadero puede pedir una indemnización al Estado. Pero investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universidad de Berna y técnicos de la administración de Navarra han enviado una carta en la revista Nature alertando de esta tensa situación.

Los ganaderos colocan cebos envenenados que ponen en peligro a especies amenazadas. Así, en la carta se señala que en el norte de España, entre 2005 y 2010 hubo 1.165 denuncias de ataques, de las que casi el 70% fueron desechadas, lo que supuso un reducido coste medio anual estimado en 44.000 euros en indemnizaciones.

Los investigadores señalan, así mismo, que la falta de datos científicos y la exageración del problema han creado una alarma social que requiere el
diálogo entre científicos, ganaderos y administraciones para solucionar el conflicto, que aún está emergiendo y no es bueno que continúe.

Los investigadores mencionan que durante el mencionado periodo, en España se documentaron 243 casos de envenenamientos de buitres leonados, algunos de ellos específicamente dirigidos intencionadamente contra estos animales. Pero, además, se produce un efecto colateral del uso ilegal de cebos envenenados en otras especies amenazadas como el quebrantahuesos o el alimoche y constituyen una importante amenaza para la conservación de estas especies.

Los carroñeros han ofrecido servicios a los ecosistemas al eliminar los cadáveres que podrían constituir focos de infección y enfermedades, siendo, en realidad, los mejores aliados de los ganaderos.

Sin embargo, en 2001, el brote de encefalopatía espongiforme bovina (o enfermedad de las vacas locas) provocó que la Unión Europea prohibiera dejar estos cadáveres en el campo y obligara a destruirlos o reutilizarlos en instalaciones autorizadas. La medida tuvo un gran impacto en la población de buitres, causando un déficit de alimentación que tuvo consecuencias demográficas y cambió su comportamiento.