Más de la mitad de la tierra necesaria para el consumo europeo se encuentra en otros continentes
Unos consumen y otros producen. Así funciona el sistema económico de este planeta. Europa posee una huella ecológica de tierra muy elevada. O, dicho de otra forma, poco (o nada) ecológica. Europa es el continente que más depende de la tierra de otras regiones del mundo. Así se desprende de un informe publicado por la organización Amigos de la Tierra.

El informe elaborado por Amigos de la Tierra y el Sustainable Research Institute concluye que los ciudadanos europeos consumen más de lo necesario. La excesiva demanda de carne, de otros derivados de animales, de madera y de otros productos requieren una enorme cantidad de superficie de tierra para su producción, lo que, a la postre, supone una de las huellas de uso de tierra más altas del mundo. Europa utiliza 640 millones de hectáreas de tierra cada año, el equivalente a 1,5 veces su propia superficie. La media de tierra para producir bienes de consumo por cada europeo es de 1,3 hectáreas, mientras que países como China y la India usan menos de 0,4 hectáreas. En medio ambiente, no sólo importa la emisión de gases de efecto invernadero.

El consumismo europeo crea una dependencia de tierra fuera de las fronteras del continente que contribuye al cambio climático, genera pérdida de biodiversidad, produce enormes impactos sociales e intensifica los procesos de acaparamiento de tierras. Consumir no es sostenible. Si vives en un país rico y te importa el medio ambiente, consume menos.

Casi el 60% de la tierra usada por Europa es “importada”, en el sentido de que se usa la superficie de otras partes del mundo. Esto equivale a diez veces el tamaño total de Alemania. Los principales consumidores de tierra con Alemania, el Reino Unido, Italia, Francia, los Países Bajos y España.

El primer paso para revertir esta situación es que la Unión Europea comience a medir su huella de uso de tierra, del mismo modo que se mide la huella de carbono o la huella hídrica. Pero de nada servirá si, además, los ciudadanos europeos no reducen su nivel de consumo. Para ello, hay que mentalizarse y pensar qué es lo que realmente importa, y que, para mejorar la calidad de vida, no es necesario un consumo desmedido. Todo lo contrario, en realidad.

Las políticas nacionales y comunitaria, por desgracia, no conseguirán frenar la tendencia, ya que se apuesta por los agrocombustibles o por la soja para alimentar a la ganadería industrial.