Nos espera un negro futuro si no se reducen las emisiones de C02
Los eventos extremos serán cada vez más fieles a su nombre, es decir, ganarán en intensidad y frecuencia, advierten los científicos de la ONU. Incendios, huracanes, inundaciones, lluvias torrenciales, desaparición de especies, aumento del nivel del mar, tormentas devastadoras, sequías interminables… Es lo que le espera al planeta si no se reducen las emisiones de CO2, concluye el borrador del próximo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Sin restarle valor al trabajo, todo lo contrario, el informe no descubre nada nuevo, en realidad. Su valor está precisamente en reiterar por enésima vez lo de siempre, en subrayar todavía más sus consecuencias y en recordar lo que no se hace y debería hacerse con urgencia: detener el avance del cambio climático. No está siendo una prioridad para el mundo, y vamos a pagarlo caro, aseguran.

Además de advertir, el informe forma parte de un estudio mucho más amplio que pretende orientar políticas y posibles negociaciones y acuerdos en los próximos años. Una cuestión de gran importancia, clave para la paz mundial, ya que los desastres medioambientales se traducen en conflictos sociales y grandes pérdidas económicas.

Una foto del impacto

El documento definitivo se presentará el 31 de marzo, tras una reunión conjunta de científicos y representantes de los gobiernos que se celebrará esta semana en la ciudad japonesa de Yokohama. “Tenemos una foto mucho más clara del impacto y de las consecuencias”, dijo Chris Field, director de la investigación.

Nos espera un negro futuro si no se reducen las emisiones de C02
Si este informe va más allá que los anteriores es porque ofrece una visión muy real de lo que ocurrirá con nuestro entorno, con nosotros mismos, si seguimos contaminando. A unas conclusiones generales se añade un estudio del impacto regional del cambio climático, así como sobre la seguridad mundial, señalando posibles causas de conflicto. El talón de Aquiles, como siempre, son los gases de efecto invernadero como el nefasto metano o las gigatoneladas de CO2 que emite la deforestación, el tráfico rodado, las centrales energéticas y los combustibles fósiles.