Olivos centenarios que dan aceite de lujo
Los olivos son árboles que pueden llegar a una altura de quince metros. Su crecimiento es lento, pero pueden vivir más de mil años. En el Mediterráneo se pueden encontrar olivos centenarios, en ocasiones, sirviendo como mero adorno en las rotondas de las ciudades, un lugar que, probablemente, acabará con su vida.

Es la (incomprensible) moda de trasplantar venerables ejemplares de olivo desde su campo original hasta otro lugar rodeado de asfalto y de coches, una práctica que ha terminado con miles de olivos centenarios. Se pueden llegar a pagar 30.000 euros por los ejemplares más vistosos o ancianos. En España, una de las regiones que se encuentra a salvo de esta terrible lacra de vender olivos centenarios es, por otra parte, una de las que, paradójicamente, acumula más ejemplares usados como monumentos.

En la Mancomunidad de la Taula del Sénia, entre las provincias de Castellón, Tarragona y Teruel (en 24 municipios de tres comunidades autónomas), crece lo que algunos consideran la mayor acumulación de olivos milenarios del mundo. Allí, desde 2009, un proyecto piloto tiene como objetivo catalogar y fijar un valor todo este rico patrimonio natural. Se trata, en definitiva, de salvar a miles de ejemplares. Pero, también se está empezando a elaborar aceite a partir de estos valiosos ejemplares y venderlo.

Una botella de medio litro cuesta unos quince euros. La Asociación Territorio del Sénia ha localizado y protegido ya a más de cuatro mil olivos de una edad de, al menos, cuatro siglos. Hay ejemplares que superan los diez metros de perímetro.

El proyecto también ha puesto en marcha un sistema de certificación y trazabilidad para asegurar que la cosecha y el aceite provienen de los ejemplares numerados. La mayoría de estos olivos son de la variedad farga, una de las más antiguas. Es de recolección manual y producción alterna y representa el 98,5% de los olivos catalogados en la región. La variedad farga es una de las más longevas y voluminosas.

Esta variedad era un árbol poco productivo, especialmente, los árboles más viejos, de mucha madera, pero poca hoja. Durante siglos, los ejemplares menos productivos se arrancaban, ya que no resultaban rentables. La tónica en la comarca era arrancarlos por variedades más productivas porque no eran rentables. Después, comenzó la moda de los olivos grandes para jardines urbanos, lo que propició el expolio natural.