Pekín cercada por la basura
Si a la contaminación que sufre cualquier gran ciudad desarrollada del planeta le sumamos una gran cantidad de vertederos a su alrededor, el resultado es una catástrofe. Es lo que está ocurriendo en Pekín. Se genera tanta basura que los habitantes de la capital china están rodeados de sus propios desechos, que no se procesan por no disponer de infraestructuras adecuadas. Las montañas de basura provocan olores nauseabundos hasta unos límites que han obligado al gobierno a instalar cien gigantescos ambientadores de alta presión para acallar las protestas de los vecinos. Un modo rápido de disimular el olor a mierda.

Porque los vertederos no sólo provocan mal olor, una circunstancia desagradable, pero que no entraña peligro por sí misma. El problema es que las condiciones en las que viven algunos vecinos pueden afectar a su salud. Así, otra acción que las autoridades han prometido llevar a cabo es tapar con más plásticos las montañas de basura. Pero esconder el problema no es lo mismo que solucionarlo. La basura seguirá allí por muchos plásticos que la recubran y por muchos ambientadores que se instalen.

La ciudad de Pekín era ya, antes de este nuevo problema, una megalópolis con un gran problema de contaminación, casi permanentemente envuelta en una nube negra. El aumento del parque automovilístico, el enorme crecimiento económico, un incontrolado desarrollo industrial alrededor de la ciudad y su dependencia de carbón para generar electricidad han convertido a Pekín en una de las ciudades más contaminadas del planeta.

El problema es que se genera más basura de la que se puede tratar. Los 22 millones de habitantes de la ciudad producen más de 20.000 toneladas de residuos cada día, una cantidad que excede la capacidad que pueden procesar las instalaciones municipales. Un muy negativo efecto secundario del desarrollo económico no sostenible.

Tras las olimpiadas, los pekineses han vuelto a la cruda realidad.