¿Por qué nos gustan los sonidos de la naturaleza?
Olas lamiendo la orilla de la playa, el canto de los pájaros al romper el alba, sus arrullos, una fina lluvia, un sendero forestal, el crepitar de una hoguera, el correr de un riachuelo… Son sonidos de la naturaleza agradables, que nos calman y renuevan. En contra de lo que ocurre con la violencia de un trueno o con el desasosiego que provoca un viento huracanado, la banda sonora más armoniosa de la naturaleza es como una inyección de vida.

¿Pero, por qué nos gustan esos agradables sonidos? La ciencia ha encontrado que el placer de sumergirse en un entorno acústico verde, ya sea física o virtualmente mediante la grabación sonora, tiene un efecto saludable. Sus sonidos combaten el estrés, ayudan a concentrarse y nos transmiten alegría y felicidad a nivel consciente y también del subconsciente.

Una atmósfera saludable

Los ecosistemas generan conciertos siempre únicos, que van variando en función de los ciclos de la Naturaleza, incluyendo las fases lunares, las estaciones y un sinfín de factores derivados del entorno. Se trata, en suma, de una atmósfera de la que formamos parte, en la que nos sentimos integrados de un modo casi hipnótico.

Al igual que ocurre cuando abrazamos un árbol, escuchar estos sonidos consigue normalizar las funciones orgánicas y nos transmite al mismo tiempo una buena dosis de energía, mejorando nuestra salud mental y física.

¿Por qué nos gustan los sonidos de la naturaleza?
Son muchos los expertos que estudian este eco, ese latir de la vida y sus efectos beneficiosos, que incluso podrían llegar a ser terapéuticos. Eva Julián Adán, investigadora y musicóloga, lleva enfrascada en el tema desde 1989. “La música de la Naturaleza incide sobre nuestros sentimientos y emociones. Estimula nuestros niveles de energía y estabiliza el campo emocional”, dice. De hecho se han obtenido buenos resultados, tal y como ha demostrado Eva Julián Adán con experiencias con animales en cautividad, con personas enfermas o con recién nacidos.