Recuperar la agricultura local
Si se piensa detenidamente, es poco menos que increíble que, después de miles de años de evolución, de inventos, de innovaciones tecnológicas, el ser humano no haya resuelto aún el problema de alimentar a toda la población del plantea. Se puede hablar al instante con otra persona, a través de Internet, al tiempo que se ve su imagen en una pantalla de vídeo desde cualesquiera dos puntos del planeta, hemos llegado a la luna, pero somos incapaces de impedir que exista hambre en el mundo. Si se piensa bien… es mejor no pensarlo.

Pero está en nuestra mano solucionarlo, siempre que se gestionen con eficacia los diversos factores de esta situación, es decir, los niveles demográficos, el cultivo y distribución de alimentos y la superpoblación en las grandes ciudades del mundo. Con la inversión adecuada y corrigiendo las deficiencias del mercado económico mundial, se puede lograr el objetivo de que ningún ser humano pase hambre. Finalmente, es un problema ecológico, en el más amplio sentido de la palabra.

El debate se está produciendo desde hace algunos años. La población mundial sigue creciendo y la ONU y otras organizaciones internacionales se preguntan cómo se va a alimentar a tanta gente, máxime cuando factores como el cambio climático pueden reducir considerablemente las cosechas. También se están creando grupos de trabajo en instancias más regionales, como el grupo parlamentario sobre alimentación y agricultura recientemente creado en Londres. Porque, a veces, parece que nos olvidamos de que comer es imprescindible para nuestra supervivencia.

Según muchos expertos, la insuficiente inversión en agricultura unido a la liberalización del comercio, ha propiciado que muchos países en desarrollo tengan una baja productividad agrícola y dependan de las importaciones de alimentos baratos. Por tanto, es esencial apoyar a los agricultores locales y marcar un precio que les permita sobrevivir. Las ayudas gubernamentales a la importación de alimentos son un suicidio para las economías locales. Si no se soluciona este problema, muchos agricultores no tendrán otro remedio que emigrar a las ciudades e instalarse en los paupérrimos suburbios, muchas veces carentes de unos mínimos servicios básico. Esta situación es el germen de la inestabilidad social y los disturbios. La salida que deja el hambre. Hay que apoyar el viaje contrario: de la ciudad al campo. Sin embargo, los agricultores están siendo marginados políticamente y son cada vez más pobres.

Las importaciones de alimentos baratos son un desastre mundial a largo plazo, y más en periodos de aumento de precios en los mercados mundiales como el que se está viviendo en la actualidad. Esta adicción a los alimentos baratos conduce a problemas de balanza de pagos y de inestabilidad política. Se priva a los países de su capacidad de alimentarse con sus propios recursos naturales.

Otro grave error de la política mundial de ayuda a la agricultura de los países en desarrollo es apoyar cultivos que necesitan fertilizantes químicos. A largo plazo, es una política totalmente errónea, pues el alza de los precios del barril de petróleo implica una subida del precio de estos fertilizantes y, por tanto, de los alimentos. No se puede esperar más: hay que separar la agricultura del petróleo. En otras palabras, hay que optar sin más dilación por la agricultura ecológica. Además, se apoyan monocultivos para la exportación (a veces, para la producción de biocombustibles), algo que perjudica seriamente al futuro de la agricultura local y que no ayuda a paliar la falta de alimento de muchos de estos pueblos.

Se habla de alimentación, de agricultura y de medio ambiente. Un tercio de las emisiones de efecto invernadero proviene de la agricultura, así que se debe luchar por un cambio en el modo de cultivar que permita un aumento de la captura de carbono. Además, la mayor parte es una agricultura que degrada el suelo. Se está destruyendo el futuro de la tierra.

Pero no sólo se puede cargar toda la responsabilidad a políticos e instituciones internacionales. Los agricultores tienen que unirse y trabajar unidos, luchando por sus derechos y por su tierra, que, al cabo, es su modo de vida. Las zonas rurales deben ser respetadas. Las cooperativas de agricultores tienen que dar un paso más en el proceso de producción y hacerse cargo, si es posible, del proceso y el envasado de los alimentos. Además, los gobiernos atenderán sus demandas si están unidos. Los agricultores tienen que tener más peso político.

Es el gran reto del siglo XXI, es transformar el modelo productivo con ajustes estructurales con vistas al largo plazo, es implantar definitivamente una agricultura (y un consumo) ecológicos. Es cambiar completamente el modo de vida.