Se consume más de lo que se puede producir
En España, algunas regiones han querido conocer el tamaño de su huella ecológica. El Ayuntamiento de Barcelona fue el pionero en este cálculo. En 1996 calculó la huella de carbono media de un ciudadano barcelonés y el resultado fue que necesitaba, en aquel año, 3,2 hectáreas para satisfacer sus necesidades materiales y asimilar todos sus residuos.

Más tarde, fue Andalucía la que hizo el cálculo, ese mismo año. Los expertos calcularon que la huella andaluza era de 5,5 hectáreas por habitante, lo que suponía un déficit de 3,10 hectáreas en dicha Comunidad Autónoma. Se necesitaba otra Andalucía más para los requerimientos de todos los habitantes de esa región. Un ciudadano navarro, en 1998, necesitaba 3,47 hectáreas, pero su capacidad de carga era menor, de 2,15 hectáreas, así que tenían el mismo problema que los andaluces y que los barceloneses. Ese mismo año, el Ayuntamiento de San Sebastián también calculó su huella, que era de 3,6 hectáreas por habitante. La suma de las huellas de todos sus habitantes equivalía a 641.250 hectáreas, es decir, 105 veces la superficie de la ciudad. No parece muy sostenible.

En la Rioja, con datos de 1992, sería necesario contar con 3,56 hectáreas para que a los riojanos no les falte de nada y su economía y su medio ambiente sea sostenible. Pero lo peor de todo es que la huella ecológica ha ido creciendo con el tiempo. En 1999, era de 3,99 hectáreas por habitante, y en el año 2000, de 4,22. O, lo que es lo mismo, se ha producido un aumento del 12% desde 1992 hasta 2002. Los riojanos consumen más: cogen más medios de transporte contaminantes, ha aumentado la alimentación rica en proteínas animales y disfrutan de muchos otros bienes de consumo y servicios. El ejemplo riojano vale para toda España, para toda Europa y, en fin, para todo el mundo desarrollado.

En realidad, los expertos han calculado que, de media, una persona excede en aproximadamente un 30% la superficie productiva que le corresponde, siendo la media de la huella humana 2,85 hectáreas por persona. Aunque es importante señalar que las medias ocultan las grandes diferencias existentes en el reparto. Algunos países, personas o clases sociales exceden con creces su capacidad de consumo sostenible. Por ejemplo, la huella de un ciudadano de Bangladesh es de 0,5 hectáreas, mientras que la de un estadounidense medio es de 9,6. El mundo está muy mal repartido. Y, por si fuera poco, los que más consumen, menos hacen por el medio ambiente.

La huella de carbono se calcula en un lugar determinado y un tiempo concreto, calculando cuánto consume la población del lugar para cubrir sus necesidades alimentarias, energéticas, de materias primas y de suelo, es decir, cuántos campos de cultivo, bosques y espacio marino son necesarios para ello, además de cuánto territorio ocupan las ciudades, las viviendas, carreteras e industrias, y, por último, la cantidad de masa forestal que se necesita para absorber el dióxido de carbono que se produce por la quema de los combustibles fósiles.

Para el conjunto de España, se ha calculado una huella ecológica de 3,8 hectáreas por habitante. La capacidad de carga del país es de 1,4, así que hay un déficit ecológico de 2,4 hectáreas per cápita. Dicho de una forma más cruda: cada español tiene que tomar “prestados” unos 24.000 metros cuadrados de terreno productivo de otros países. Esto equivale a 2,5 campos de fútbol fuera del propio país. Es la caradura habitual del mundo desarrollado.

En el ámbito global, la huella ecológica ha superado la capacidad del planeta desde la década los ochenta del siglo XX. En los sesenta de ese mismo siglo, la huella se estimaba en un 70% de la capacidad de regeneración de la Tierra. En la actualidad, la humanidad está consumiendo el 120% de los recursos que produce el planeta. Estamos viviendo a crédito. Y algún día habrá que pagar la factura. Con intereses.