Se puede vivir sin petróleo, pero no sin comida
Paul Roberts es un periodista estadounidense que ha estudiado durante años la relación entre economía y medio ambiente. Después de años de trabajo, ha publicado El hambre que viene, un estudio detallado de la alimentación en todo el mundo. La glabalización afecta incluso a los alimentos más básicos. Es un sistema que ya no tiene ningún sentido. Hay casi tantas personas que se mueren de hambre como obesos que se mueren de enfermedades coronarias o por otros problemas relacionados con una mala y excesiva alimentación.

Además, la producción de alimentos a nivel mundial es cada vez peor y menor. Menos cosechas y de menor calidad. Estamos olvidando que lo más básico para la supervivencia es comer. Y comer bien, que no mucho. Los grandes supermercados y las grandes distribuidoras de alimentos controlan el mercado e imponen, en la mayoría de los casos, sus condiciones. Consumidores y pequeños agricultores tiene poco poder de decisión. Y así, cada vez comemos peor. Hasta que el mercado colapse. Entonces será mucho peor que si colapsa el mercado inmobiliario. Peor que si se acaba el petróleo. Sin alimentos, morimos. ¿Es que hay que recordarlo?

Todo empezó en el siglo XIX. La producción alimentaria, como todo el resto de sectores productivos, se industrializó: se trataba de conseguir una alta productividad a un bajo coste. Pero ese sistema tiene varios problemas. El principal, que se está agotando. No hay más agua ni más suelo. Además, los alimentos son cada vez de peor calidad porque todo se sacrifica al beneficio, dejando a un lado la salud y la protección y conservación del medio ambiente. A la larga, es un suicidio.

Paradójicamente, en un país rico y desarrollado como Estados Unidos, según algunas encuestas, la mitad del dinero que una familia invierte en comida es para restaurantes y platos precocinados. Estados Unidos es el país de la comida basura. Los estadounidenses no cocinan. No comen bien. Y lo están pagando en su salud. Europa lleva el mismo camino, aunque aún se conserva bastante comida tradicional.

Pero el problema verdaderamente grave es la gran industrialización. Con la mecanización y los fertilizantes de nitrógeno, la agricultura y la ganadería dependen del petróleo. Pero esta forma de producir alimentos degradan la capacidad productiva del medio natural. A esto hay que sumar que cada vez va a haber más escasez de agua y de petróleo y, por tanto, el nivel de producción actual no se va a poder mantener. Cuando la población mundial llegue a los casi 10.000 millones aparecerá un problema muy serio en todo el mundo. Se buscan alternativas al petróleo y, de hecho, existen. Pero el agua, un suelo fértil y rico, y la comida son insustituibles.

Los transgénicos y los alimentos ecológicos

Algunas empresas ven en los transgénicos la solución a la crisis alimentaria mundial. Sin embargo, aún no se conoce cómo afecta a la salud humana. Hasta dentro de unos veinte años no se sabrá con certeza. Pero entonces puede ser demasiado tarde. Es jugar a la ruleta rusa.

Además, para producir e investigar con los alimentos transgénicos se invierte una ingente cantidad de dinero que se podría usar para otros fines. Así, los transgénicos son caros y sólo los pueden usar quienes puedan permitírselo. En otras palabras, en el tercer mundo no es posible. Hay que buscar soluciones naturales y locales, que unos países no dependan de otros, que unas culturas no dependan de otras.

Hay que apoyar a los pequeños agricultores y ganaderos, sobre todo, a los que buscan nuevas fórmulas y cuidan sus cultivos y sus rebaños. Los gobiernos deberían proteger la alimentación ecológica y conceder ayudas, si es preciso. Pero también es el caso de la agricultura ecológica es importante que las plantaciones no sean enormes. El brote de la bacteria E. Coliu O157:H7 que apareció en California en 2006 y que causó la muerte de tres personas se produjo en una explotación de espinacas ecológicas: era una megagranja. En Estados Unidos se subvencionan las grandes extensiones de agricultura industrial.

Pero para lograr este cambio, el consumidor también tiene que cambiar. Hay que volver a la comida tradicional, casera, local y restablecer los vínculos entre los que comen y lo que se come, es decir, entre las personas y el medio natural.