Toro de la Vega, una ¿fiesta? herida de muerte
En plena era de Big Data, de redes sociales al rojo vivo, de movilizaciones y manifestaciones virtuales masivas en contra del maltrato animal, sí o sí, el Toro de la Vega es una fiesta salvajada que tiene los días contados.

Más allá del revuelo mediático que cada año provocan unas decenas o cientos de activistas intentando impedir esta repungante tortura in situ, los grandes datos bullen imparables, clamorosamente. No sólo son los activistas, sino el sentir general, el que ha herido de muerte a la fiesta grande de Tordesillas.

Tanto es así que mientras el pueblo la defiende como “un exponente más de la tradición taurina de España”, incluso la fiesta taurina niega cualquier parecido. Quizá por temor a que un hipotético efecto dominó acabe afectando al lucrativo mundo del toro institucionalizado, que tampoco está en su mejor momento aunque, quitando el aderezo del traje de luces, el pasodoble, el famoseo y demás folclore, en esencia todo sea lo mismo.

O, por ejemplo, el mismo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que en un alarde populista buscó su minuto de gloria en Sálvame para hacer un ejercicio de incoherencia supina, manifestándose en contra del maltrato animal, así como su rechazo al Toro de la Vega, desvinculándose del gobierno local de Tordesillas, de signo socialista.

Pero, como era de esperar, dejando claro al tiempo que si llega al gobierno las plazas de toros seguirán siendo lugares de tortura animal -“no acabaré con la fiesta de los toros”, dijo-, que las cosas no están para perder electores. La consigna es clara: contentar a todos (y en realidad a nadie), tirar de señuelo y cazar votos. O, lo que es lo mismo, si el Big Data dice no, Sánchez dice no, pero sólo de boquilla.

En la misma línea, el partido ha registrado este jueves en el Congreso una proposición no de ley en la que insta al Gobierno a impedir situaciones de maltrato animal en los espectáculos públicos pero, curiosamente, nada hay sobre el alcalde de Tordesillas. Ninguna medida.

Una sádica matanza de tradición ancestral

Sería interesante que los científicos de datos tomaran el pulso a la fiebre cibernética que se ha manifestado en contra de la brutal matanza a Elegido, la víctima más reciente (ojalá también sea la última) de una tradición que tiene mil veces más de traición que de fiesta o de memoria histórica.

Aunque hay luces y sombras, el futuro mira hacia la solidaridad y el respeto animal, mientras las tradiciones sangrientas siguen ancladas en un pasado que sólo puede enterrarlas. Y sus verdugos no serán los activistas, pero sí su chispa incendiaria, que ha prendido en la sociedad.

Toro de la Vega, una ¿fiesta? herida de muerte
Porque no es una tradición cultural, -por mucho que Bruselas lo diga, lavándose las manos como Pilatos-, sino simplemente una tradición llena de crueldad, ni tampoco “un referente antropológico fundamental” que hay que conservar, como dicen algunos eruditos de pocas luces, sin un ápice de empatía, sino un ejemplo de hasta dónde puede llegar el ser humano inhumano. Las tradiciones vergonzosas, totalmente periclitadas, superadas por los logros de la civilización, es mejor dejarlas en el olvido o, si se les tiene mucho apego, en los libros de Historia, donde sirvan de ejemplo contraejemplo.

El mañana es de los soñadores, de quienes están dispuestos a luchar por un mundo mejor, ya sea jugándose el tipo o desde sus casas, apoyando a quienes lo hacen con sus opiniones o sus firmas, demandando que lo legal y lo justo sean una misma cosa. El mañana es de unas fiestas sin sufrimiento animal, en las completas antípodas del Toro de la Vega.