Un bosque contaminado con radiación tras 40 años
El Ciemat (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas de España) se creó en 1948, buatizándose entonces como Junta de Investigaciones Atómicas (JIA). En 1951, ya con menos secretismo, fue renombrada como Junta de Energía Nuclear (JEN). Desde entonces se llevaron a cabo proyectos de investigación y desarrollo tecnológico. También servía para representar técnicamente a España en los foros internacionales. En 1986, ya en democracia, la JEN fue transformada en el actual Ciemat, incrementando su diversificación geográfica, los dominios de su competencia y las necesidades de I+D en el país.

Pero volvamos atrás en el tiempo. A 1970, en concreto. Entonces se produjo un escape radiactivo. En aquella época no había transparencia informativa y ni siquiera los propios trabajadores de la Junta de Energía Nuclear podían saber qué había ocurrido. Sólo eran rumores. Se creía que, en un bosque cercano a la sede, se enterraron lechugas y repollos contaminados cuando decenas de litros de residuos altamente radiactivos se escaparon de la Junta y llegaron a las huertas de los ríos Manzanares, Jarama y Tajo. Así, bajo el suelo de un pequeño bosque llamado El Montecillo, hay presencia de radio-226, cesio-137 y estroncio-90, desechos de los experimentos con uranio que se llevaron a cabo durante el Franquismo.

El caso es que aún hoy, cuando han pasado más de cuarenta años, ese medio centenar de cipreses y pinos piñoneros y carrascos, por cuyas ramas corren las ardillas, en la Dehesa de la Villa, el noroeste de Madrid, están contaminados con radiactividad. Aunque por poco tiempo, ya que los árboles van a ser talados.

Según Javier Quiñones, subdirector general del Ciemat, se analizará cada árbol. El que esté contaminado será tratado como un residuo radiactivo. En la actualidad, está prohibido acceder a los mil metros cuadrados del monte El Montecillo. Quiñones explica, paseando bajo sus copas, que sólo hay riesgo si se está tumbado un día entero.

De momento, los técnicos ya han talado diecinueve cipreses contaminados. No es que suponga un gran peligro (después de tanto tiempo, ya habría ocurrido algo). Pero sí merece una reflexión sobre cuánto persiste la radiación cuando se produce un accidente, por pequeño que sea. Se pueden enterrar los residuos, como en este caso, pero se corre el riesgo de que la vida que crezca sobre ellos se contamine con radiactividad. El riesgo es muy grande. ¿Merece la pena?