Un mundo sin el ser humano
El mundo sin nosotros (The World Without Us) es un libro escrito por el escritor y periodista Alan Weisman, que presenta un planeta en el que el ser humano ha desaparecido. Por el momento, habrá que catalogar la obra como ficción. En todo caso, la visión del libro no es catastrofista, sino, más bien, didáctica. Muchas especies han desaparecido y es algo que también le puede suceder al ser humano. O incluso al planeta, que puede desaparecer cuando, dentro de 5.000 millones de años el Sol arrase con su calor y energía a todos los planetas del sistema al que pone nombre.

En términos geobiológicos, la edad media de vida del ser humano (y esto en países desarrollados y con un buen sistema de salud), algo menos de cien años, es un tiempo ridículo. Somos, para la historia de la Tierra, un bichito insignificante. Aunque bastante molesto, eso sí. El crecimiento espectacular de la población y unos avances tecnológicos que han permitido usar los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, nos han convertido en el elemento que más afecta (negativamente) al planeta. Así, hemos aumentado un 20% la emisión de los gases de efecto invernadero que propician el calentamiento global del planeta.

A pesar de estos terribles datos, El mundo sin nosotros quiere ser optimista. Alan Weisman lleva al lector a un viaje por algunos míticos parajes naturales, como el viejo bosque del Parque Nacional de Bialowieza (en la imagen), en Polonia, considerado el bosque más longevo sin talar de Europa. En otras palabras, allí nos podemos hacer una idea de cómo evoluciona un sistema natural sin la presencia del ser humano.

Otra idea presente en el libro es retroceder en el tiempo geológico para valorar la evolución de los homínidos y para analizar, entre otros casos, cómo el Homo sapiens influyó en el medio ambiente del continente norteamericano causando la extinción de grandes mamíferos como mamuts, megaterios y otros.

No se olvida de un análisis de las ciudades. Toma como ejemplo Nueva York para explicar que se trata de un sistema que no duraría mucho tiempo sin la acción del ser humano. Un sistema completamente artificial, en el polo opuesto a lo natural. Por ejemplo, el Departamento de Tráfico tiene que bombear cada día 50 millones de litros de agua para evitar que se inunden los túneles del metro de la ciudad.

Así, cada capítulo del libro, que ha contado con la colaboración de diversos expertos, nos muestra una urbanización abandonada en Chipre, el descubrimiento de prestigiosos biólogos marinos de la gran cantidad de partículas de plásticos esparcidas por todos los océanos del planeta, así como de las inmensas islas flotantes de basura, cómo se dispersaría toda la radioactividad de las más de cuatrocientas centrales nucleares, así como de los almacenes de residuos nucleares por el aire y por las corrientes de agua cercanas, algo que, en el caso del uranio enriquecido, perduraría durante varias eras geológicas, y otras realidades desconocidas que deberían hacer sonrojar a cualquier ser humano con una mínima conciencia ambiental.

No se olvida de analizar el desconocido funcionamiento de uno de los sectores que más contamina el planeta, abriendo las puertas al lector para que se adentre en una moderna planta petroquímica de refino de petróleo. Si todos los tanques y torres de la zona petroquímica de Texas estallaran a la vez, lo más sorprendente es que los suelos enriquecerían con el carbón quemado, así que, tal vez después de un año de lluvias, volvería a crecer la hierba. Y, posteriormente, se reanudaría la vida. El ser humano no va a acabar con el planeta, más bien al contrario.

Otra imagen espectacular y terrible que quiere hacer imaginar al lector Alan Weisman son todas las granjas y los cultivos que quedarían abandonados. Allí se volverían a recuperar las especies silvestres autóctonas, como sucede en la actualidad a lo largo de la zona fronteriza desmilitarizada entre las dos Coreas.

El mundo sin nosotros incluye fotografías para que el lector menos imaginativo pueda ver los efectos de los que habla el libro, así como de las aberraciones artificiales que ha creado el ser humano.

Recomienda, por último, limitar el número de hijos de cada mujer en la Tierra. Si se aplicara esta idea, la población pasaría de 6.500 millones a 1.000 millones para el 2050; mientras que con la tasa actual (2,6 nacimientos de media) seremos 9.000 millones en 2050. Con una población de 1.000 millones, la innovación tecnológica y los conocimientos adquiridos, el mundo se podría convertir en un verdadero paraíso en la Tierra. En cambio, desgraciadamente, estamos cada vez más cerca del infierno.