Un oso elige un árbol cercano a un colegio para pasarlo bien comiendo bellotas, jugando y haciendo la siesta
Subido a la copa de un árbol de más de 60 metros de altura, aquel oso negro iba a la suya, sin meterse con nadie, más feliz que una perdiz. Mientras él se ponía morado a bellotas y zampaba con gusto las manzanas y el pan que encontró la noche anterior en los alrededores, abajo cada vez más personas lo miraban anonadados, observándolo con prismáticos, allá en lo alto, intentando grabar sus movimientos y parloteando sobre tan curiosa presencia.

Como no podía ser de otro modo, la ruidosa e insólita visita del oso llamó la atención de los habitantes de Placerville, un pueblo californiano cercano a ese bosque. Y, aunque lo consideran inofensivo, – durante dos días lo han visto dormir plácidamente horas y horas, balanceando sus patas hacia adelante y hacia atrás, comer sin parar y moverse entre las ramas perezoso y divertido-, andan locos buscando un modo factible para alejarlo de la zona.

El rescate del oso a una altura tan elevada nada tiene que ver con el de un gatito lindo. Lógicamente, no permite utilizar los medios habituales en estos casos, como pueden ser el disparo de un dardo para adormecerlo o subir a por él con una interminable escalera de bomberos, si bien este último recurso es imposible por el peso del animal y quizás también por la distancia misma.

Se cree que eligió aquel árbol para pasar un buen rato (que se está prolongando ya un par de días) tras encontrar manzanas y pan que alguien dejó junto a la puerta de un banco de alimentos que hay en las inmediaciones. También se da la circunstancia de que se trata de un lugar concurrido por niños que van a un colegio cercano. Así, el sentido común ha obligado a tomar medidas para que baje por sí mismo y motu propio decida adentrase en el bosque. Por lo pronto, se le ha tendido una trampa que no compromete su vida para que una vez se vea en el suelo emprenda el camino de vuelta a casa. ¿Volverá luego con toda la familia?