El comercio ilegal de pieles de burro está masacrándolos
Si Juan Ramón Jiménez y su adorado Platero supieran de esto, la pena, penita, pena vendría a aflorar a sus ojos sin remedio. Porque de llorar sin consuelo es el drama que les ha caído a los burros, ahora en el punto de mira de la medicina tradicional china con un fin nada cariñoso.

Eso no significa nada bueno, como es fácil adivinar. Y es que mal arreglo tiene que se quiera a toda costa despellejar a cuantos más burros, mejor, con el fin de convertir sus pieles en remedio para la cura de distintas dolencias. O, lo que es aún peor, poner montañas de dinero sobre la mesa para lograrlo.

Por otra parte, unas terapias cuya evidencia científica es igual a cero, aunque tanto se da a la hora de incrementar una voraz demanda, que no parece encontrar fondo. Ya ocurrió con los rinocerontes, con los pangolines o con otros muchos animales, que siguen siendo víctimas de la medicina tradicional asiática.

El comercio ilegal de pieles de burro está masacrándolos
Animales de carga, tan maltratados durante siglos en un sinfín de países, ahora además se encuentran con esta terrible condena que pinta de negro su destino de un modo realmente trágico.

No se trata de una moda, sino del signo de los tiempos, una suma de barbarie y globalización a partes iguales. Básicamente, hay déficit de burros en China. Un desequilibrio entre oferta y demanda que procede de la misma evolución de la sociedad.

El hecho de que la sociedad tradicionalmente agrícola vaya cediendo terreno ante la urbanización y el desarrollo, dejando de lado su uso en favor de modernos métodos de labranza, está haciendo que los burros ya no se utilicen con la frecuencia de antaño.

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El triste destino del burro

¿Alguien imaginaba un mundo idílico, que jubilara al burro de una vez por todas, agradeciéndole los servicios prestados durante tantas generaciones cuidándolo en santuarios? ¿O quizá podrían volver como jardineros, limpiando bosques y prados?

¿Y qué tal si se destinaran a ayudar a los ganaderos de granjas ecológicas a evitar ataques de lobo, mientras pacen tranquilamente al aire libre?

Este mundo feliz no tiene cabida en el mundo real, y mucho menos en China, para qué engañarnos. En aquellas tierras, el burro no solo no se retira sino que acaba siendo un animal de granja cuya carne no deja de aumentar de precio.

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En efecto, la carne de burro es un alimento común, sobre todo en las regiones del norte del país. El resultado no es otro que la crianza de burros por la industria cárnica que, por otro lado, apuesto a que no dejará pasar la oportunidad de sacar un buen capital vendiendo sus pieles al sector farmacéutico tradicional.

En concreto, la piel de burro se utiliza para fabricar una gelatina con la que se elaboran pretendidos remedios medicinales para mejorar desde la anemia, el insomnio o el mareo hasta la menstruación irregular.

Se le considera un estimulante similar al gingseng, y de seguir menguando la oferta, este remedio elaborado con piel de burro, conocido como ejiao, acabará con los burros del planeta, cuyas importaciones no dejan de crecer.

Hasta tal punto que muchos países han prohibido su salida del país, por lo que se fomenta el comercio ilegal de sus pieles. De hecho, no dejan de sucederse escalofriantes sucesos en los que se maltrata a los burros hasta matarlos por la fuerte demanda de sus pieles en el mercado chino.

Se les mata de forma cruel e inhumana para obtener la piel, asaltando granjas o cualquier otro lugar para despellejarlos o robándolos durante la noche para hacer lo propio lejos de miradas indiscretas. Finalmente, las pieles se tratan con sal y se hacen llegar a su destino, rumbo a China.

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Otras víctimas de la medicina china

El rinoceronte es el típico ejemplo de animal machacado por la caza ilegal para su venta en el mercado de la medicina tradicional china, pero son muchas las especies vulnerables, algunas tan emblemáticas como los elefantes o los tigres.

Algunos de sus órganos son los que busca la insaciable medicina tradicional china, tanto con fines curativos de dudosa eficacia como por sus supuestos efectos revitalizantes o afrodisíacos.

En el caso del rinoceronte, no importa la especie, sino que tengan sus buenos cuernos, a partir de los que hacer un negociazo que mueve cifras exorbitantes. No olvidemos que el comercio ilegal de animales y plantas es uno de los mayores negocios clandestinos, que genera unos beneficios similares al tráfico de drogas o de armas, según nos recuerdan desde la organización conservacionista WWF.

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El pangolín es mucho menos conocido, y precisamente por ello está más desprotegido y, como consecuencia, desaparece a gran velocidad, sin que se actúe de forma contundente.

La lista no se termina aquí, ni mucho menos. Un ejemplo de animal que está contra las cuerdas por esta misma causa, pero de forma indirecta, es la vaquita marina. Su compañero de hábitat, la totoaba, también está en peligro de extinción igualmente por la demanda de su vejiga que procede de la medicina tradicional china.

En efecto, la totoaba es un pez único del Golfo de California al que erróneamente se atribuyen propiedades sanatorias, y si bien su pesca está prohibida, solo es de forma temporal, y en la práctica se sigue pescando, con lo que la vaquita también acaba en las mismas redes.

Como especie condenada por la medicina tradicional asiática, al margen de otros animales extintos, la peor parte se la está llevando hoy la vaquina marina, de la que apenas quedan 30 ejemplares, según el último estudio del Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita marina (CIRVA) redujo la estimación a la mitad.

Una situación de extrema urgencia ante la que no se toman las medidas necesarias, si bien no dejan de sucederse las actuaciones. Mientras no se prohíba la pesca de totoaba y en el mercado chino se paguen auténticas millonadas por las vejigas natatorias de la totoaba, la vaquita marina seguirá con la guillotina sobre su cabeza.

Las muertes de éstas y otras especies amenazadas a manos de los cazadores furtivos mueven tanto dinero en el mercado negro que, frente a normativas laxas como las que tenemos por doquier, poco o nada puede hacerse. De un modo u otro, -no importa cómo, en realidad-, acaban sacrificados.

No son más merecedores de tener una vida digna que otros animales de granja, ni tampoco menos que cada uno de nosotros. Pero la realidad es palmaria: en este mundo miles de millones de animales están condenados a unas vidas dramáticas por una sola razón: la mala, malísima suerte que han tenido de coincidir con nosotros en este planeta.