Denuncian el impacto ambiental y social de la industria porcina
Si este problema fuese una película y, por otro lado, no tuviese los tintes dramáticos que tiene, podría titularse algo así como “Este no es un país para cerdos”. Fuera de bromas, el informe que acaban de publicar distintas ONGs concluye que la industria española del porcino está provocando graves impactos ambientales y sociales.

Según el trabajo, realizado por las organizaciones Food & Water Europe, VSFJustica Alimentaria Global , CECU y Amigos de la Tierra, la industria española del porcino está experimentando una expansión descontrolada que está ocasionando efectos devastadores en diferentes zonas, sobre todo en Aragón y Cataluña.

El problema se centra sobre todo en las áreas rurales, señalan, donde están viéndose afectado el suministro de agua potable y dejando en una situación inviable a trabajadores y comunidades locales.

David Sánchez, de Food & Water Europe, explica que, al margen de detalles que también tienen su importancia, lo más preocupante es la conclusión a la que llega la investigación equiparando “la industria española del porcino con el modelo de ganadería industrial de Estados Unidos, caracterizada por una fuerte concentración de explotaciones en pocas manos”.

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Al tiempo que, por otro lado, provoca graves impactos ambientales “sobre el suministro de agua potable o sobre las poblaciones cercanas”. Un grave impacto que, además de producirse, “no está asumiéndose” por parte de la industria, explica el experto.

Pero veamos de forma resumida los puntos críticos que ha encontrado este estudio, titulado “¿Un país para cerdos?”, que puedes consultar íntegro en la web de Food & Water Europe (goo.gl/FDpPdS) en un pdf.

El país europeo con más cerdos

Las cifras son apabullantes. España, un país relativamente pequeño, es el tercer mayor exportador mundial de porcino, solo por detrás de China y Estados Unidos. A nivel comunitario, nuestro país tiene el mayor censo porcino, sumando la friolera de 28.3 millones de estos animales, que en realidad son muchos más.

O al menos, cabría decir que se trata de una cifra un tanto especial, sencillamente porque se renuevan de forma relativamente rápida, pues van pasando por el matadero. Además, las cifras de mortandad temprana podrían cambiar mucho las estadísticas.

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Sea como fuere, el estudio también destaca que la producción y las exportaciones no dejan de aumentar como resultado de los bajos costes de producción y un alto nivel de integración. En otras palabras, el sector está cambiando su radiografía, concentrándose cada vez en menos manos.

Menos granjas, pero más grandes

Es decir, el número de granjas no deja de reducirse, pero no precisamente porque la tendencia vegana esté ganando adeptos, sino por todo lo contrario. La industria porcina española no deja de mejorar sus cifras de negocio, y lo hace gracias a ese alto nivel de integración que mencionábamos.

Resultado: cada vez hay más cerdos y menos ganaderos, relegados a jugar un papel cada vez más marginal. Hasta que, finalmente, acaben desapareciendo por no poder competir con las gigantescas granjas que están dominando el mercado.

Según el informe, entre 1999 y 2013 desaparecieron 128.000 granjas tradicionales, robusteciendo más, si cabe, a las de tipo industrial. No es necesario tener muchos más datos para concluir que, a día de hoy, unas pocas granjas industriales acaparan el negocio.

Cerdos que no verán la luz del día

Por otra parte, del mismo modo que España tiene el mayor censo de cerdos de la Unión Europea, la media de animales por granja también se ha disparado, empeorando las condiciones en las que están los animales.

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En cuanto a las cifras, ésta aumentó de 122 a 467. El 87,3 por ciento de los cerdos están encerrados en interior de naves sobre suelos total o parcialmente enrejados y nunca verán la luz del día.

Así pues, tenemos: un mundo rural cada vez más despoblado y unas naves industriales gigantescas, en las que los cerdos están en peores condiciones, lo cual no significa que las granjas pequeñas sean un dechado de bondad con los animales, lógicamente.

De hecho, el activismo animalista no concibe la idea de granja buena con los animales, si bien las hay mejores y peores, y lo mismo cabe decir de los mataderos. Por lo tanto, hablamos siempre en términos relativos, y desde este enfoque el cambio provocado por “la concentración y la integración vertical” ha sido a peor en ambos sentidos, concluye el informe.

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“Es urgente apostar por una ganadería de calidad respetuosa con las personas y el entorno y poner freno a megaproyectos que destruyen el empleo y el medio ambiente como esta industria del porcino”, apuntan. Al tiempo que se oponen a proyectos similares que también están produciéndose en otros sectores, como ocurre con la macrogranja de 20.000 vacas que se quiere construir en Noviercas, un pequeño municipio de Soria, critica Blanca Ruibal, responsable de Agricultura y Alimentación en Amigos de la Tierra.

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Por último, el informe señala que la producción de purín está provocando grandes problemas ambientales que también son un riesgo para la salud pública. En 2015 en las granjas porcinas se produjeron casi 61 millones de metros cúbicos de purín, una sustancia que rezuma el estiércol formada por la orina y otros líquidos residuales de los estercoleros.

La gestión de estos purines es un problema a nivel ambiental y social. Solo en Cataluña provocó problemas con el agua potable en 142 municipios, básicamente por contaminación por nitratos. A ello hay que sumar el problema no menor que supone el uso de fármacos.

El informe pone sobre la mesa cifras que asustan. Por ejemplo, España aplicó un tercio de todos los fármacos utilizados en ganadería en la Unión Europea durante 2014 y la concentración también es alarmante. En este aspecto, por cada mil toneladas de carne la industria cárnica española utiliza 419 miligramos de agentes antimicrobianos veterinarios, una cifra que triplica la de otros países, como Alemania.

No se trata de un asunto menor, puesto que va más allá de una simple merma de calidad del producto, ya que entre otras posibles consecuencias, el problema afecta a la resistencia a los antibióticos. No en vano, en Europa cada año mueren 25.000 personas por este problema, un problema que no deja de crecer. Por último, el informe critica las importaciones de soja transgénica para alimentar al ganado. Tanto por lo que ello pueda afectar a nivel de salud como ambiental. A nivel global, “contribuyendo al cambio climático” y localmente a la “deforestación y el desplazamiento de comunidades rurales”, explican desde VSFJusticia Alimentaria Global.