La terrible vida de un galgo
Hay especies que están condenadas a sufrir incluso antes de nacer. Es el caso de muchos galgos. Nacen condenados. Un perro precioso, esbelto, noble, que, la mayoría de las veces termina su vida trágicamente. Los galgos sirven a los cazadores para atrapar las piezas. Durante mucho tiempo cumplen con su función. Hasta que llega el día que no valen para cazar y, en vez de tener un retiro digno, algunos desalmados cazadores acaban con su compañero de cacerías de forma cruel.

La mayoría de las veces, los cazadores que quieren matar a sus perros, lo hacen colgándolos, ahorcándolos en algún árbol del bosque o en las orillas de las carreteras, en tapias, etc. En realidad, lo mejor que les puede pasar es que los abandonen a su propia suerte.

Este tipo de cazadores son despreciables, egoístas y, sobre todo, muy injustos, desechando al compañero que, durante años, le ha ayudado a cazar. La caza es un deporte, un modo de ocio. Incluso, en algunas zonas sirve como control de plagas. Pero, ¿es necesario acabar así con los galgos?

Poco a poco, las autoridades, en su lucha contra este crimen, consiguen avances, además de que muchos cazadores son conscientes de que se trata de una práctica terrible que hay que evitar a toda costa. Paulatinamente, se está solucionando este problema en Europa. España es el país donde más se utilizan y donde más se matan a estos perros con esa terrible costumbre de ahorcarles.

En Francia y Alemania aprecian a esta raza de perros. Los eligen, no sólo para cazar, sino como animales de compañía, ya que son animales tranquilos, cariñosos y se llevan muy bien con los niños.

Los cazadores deberían ser los primeros en denunciar esta mala práctica, si no se quieren arriesgar a que la sociedad demonice a todo el colectivo. Si los galgos ya no sirven para cazar, por edad o porque hayan sufrido un accidente o cualquier otra causa, se deben entregar a un refugio de animales o regalar a alguien que sepa y quiera cuidarlos.