La vicuña y el comercio justo y sostenible
Los caminos que llevan a salvar a especies protegidas pueden ser extraños, insospechados. Que señoras ricas sin nada mejor que hacer que ir a comprar ropa puedan salvar a una especie en peligro de extinción puede resultar paradójico. Pero tal vez sea así.

La ropa de lujo (la famosa crisis no afecta a todos por igual) sigue teniendo una gran demanda. Algunas de estas prendas de vestir están elaboradas con lana de vicuña, una especie amenazada originaria de América del Sur. Por tanto, el valor del tejido que proporciona este animal puede salvarlo de la extinción. Pero no sólo eso. También puede asegurar la subsistencia de las comunidades andinas, en su mayoría pobres, que viven de la producción de fibra de vicuña.

La vicuña es una especie que pertenece a la familia de los camélidos y adaptada a las altas regiones de los Andes en Argentina, Bolivia, Chile y Perú. En los años sesenta del siglo pasado fue cazada hasta casi la extinción para aprovechar su lana, ya que es una de las fibras más finas del mundo. Puede pagarse por este tejido entre 250 y 922 dólares por kilo (entre 200 y 700 euros).

Sin embargo, a pesar de su caro precio, las comunidades indígenas que producen la fibra de vicuña viven al límite de la pobreza. Además de vivir en las mismas condiciones climatológicas adversas que los animales.

Afortunadamente, de los diez mil animales que sobrevivieron a la caza masiva se ha pasado a más de cuatrocientos mil en la actualidad, gracias al esfuerzo conjunto de organizaciones internacionales y las comunidades locales. Las estrictas regulaciones de conservación del Convenio de la Vicuña y la CITES, y la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas, han ayudado a recuperar las poblaciones de esta especie. Tal éxito en estos programas de conservación animal ha llevado a un cambio en la política internacional que permite un comercio sostenible del tejido del animal.

Se trata de crear un mercado internacional abierto para la fibra de vicuña, al tiempo que se protegen los hábitats donde viven, se gestionan correctamente los recursos naturales, se defiende el comercio justo y se busca la lucha contra la pobreza y la mejora del bienestar de las comunidades locales.

Hay que señalar, sin embargo, que han tenido mucho más éxito los esfuerzos de conservación de la especie que los logros socioeconómicos en las comunidades indígenas. Los beneficios comerciales van a parar, en su mayor parte, a los comerciantes y las empresas textiles internacionales, en vez de a las comunidades locales. Es la asignatura pendiente de este programa internacional: proporcionar una oportunidad para el alivio de la pobreza de los pueblos locales, a los que tienen que llegar también (y en mayor medida, habría que añadir) los beneficios.