Los ganaderos españoles podrán alimentar a los carroñeros
En la naturaleza, todo organismo (y, en realidad, también la materia inorgánica) tiene su función. Incluso una vez muertos. Los animales carroñeros, también llamados necrófagos, descomponen los animales muertos. Comen su carne, descomponen sus partes, en la naturaleza todo se aprovecha. En el medio ambiente no hay residuos. Sólo los generados por el ser humano. Los organismos carroñeros pueden ser tan grandes como un buitre o una hiena o tan pequeños como gusanos o microorganismos. De hecho, un cadáver animal pasa por diferentes fases que protagonizan diferentes especies hasta que desaparece por completo.

En España, dejar un animal muerto en el campo ha estado prohibido durante muchos años. Pero el Consejo de Ministros ha aprobado recientemente un Real Decreto por el que vuelve a legalizar tal acción. Ganaderos y aves carroñeras pueden volver a ayudarse mutuamente. Los primeros dejan sus reses muertas en el campo, por lo que no tienen que preocuparse sobre qué hacer con ellas una vez muertas. Las segundas aprovechan la comida.

Si se prohibió tal costumbre fue porque aparecieron las enfermedades llamadas Encefalopatías Espongiformes Transmisibles (la más conocida era la que se conocía como la “enfermedad de las vacas locas”) y no era conveniente que se propagaran. En España viven algunas de las poblaciones más importantes de rapaces necrófagas de Europa. Por tanto, es una buena noticia que se promueva su alimentación natural. Algunas de estas aves están amenazadas, como el quebrantahuesos, el buitre negro, el alimoche o el oso pardo. Tanto ganaderos como ecologistas aplauden la medida.

El Real Decreto, en todo caso, fija un procedimiento de actuación para que se realice la acción en condiciones naturales y adecuadas desde el punto de vista sanitario y ecológico. Hay dos posibilidades: la que se aplicaba en muladares o comederos vallados y otra, nueva, fuera de recintos vallados, en las denominadas “Zonas de protección para la alimentación de especies necrófagas” que deben ser designadas por las comunidades autónomas. Estas zonas incluirán los espacios protegidos de la Red Natura 2000, así como las áreas contempladas en los planes de recuperación de especies carroñeras amenazadas y todas aquellas zonas importantes para las especies necrófagas de interés europeo donde exista ganadería extensiva.

Además del beneficio medioambiental, se producirá un gran ahorro económico. Los costes de la gestión de los cadáveres (sólo los buitres consumían unas 10.000 toneladas de carroña cada año) eran elevados para los ganaderos. Y se podían liberar hasta 193.000 toneladas de CO2 a la atmósfera cuando se incineraba a los animales muertos. Todos ganamos.